Powered By Blogger

lunes, 9 de noviembre de 2020

Aquellos Trece Blanqueos de Bob Gibson en la Temporada de 1968. Por Alfonso L. Tusa C. 18 de octubre de 2020. ©


  Apenas podía respirar cuando Felipe me dijo que íbamos a bajar al terreno de juego. Nunca había estado sobre la grama y la arcilla de un estadio formal de beisbol. Sentir que estaba a segundos de pisar el entorno de las cuatro bases, del diamante y los jardines de que tanto hablaban los narradores por la radio me erizó toda la piel y casi me hizo estallar el estómago. Las festividades de Santa Inés se realizaron ese año de finales de la década de los años 1960s en el estadio municipal de Cumaná, a nivel del terreno de juego habían instalado varias mesas de juegos y algunos grupos teatrales.  Bajamos por el dugout del equipo visitador. Felipe me llevó al pedazo de terreno donde  colocaban la tercera base y me dijo que allí Camaleón García hizo varias jugadas espectaculares, luego subimos al montículo y me habló de cómo había visto lanzar desde ahí a Ramón Monzant, a Emilio Cueche, al propio Mel Nelson el que le lanzó el no hit-run al Caracas, y a un negrito que ponía la pelota como un limón llamado Bob Gibson,  el cátcher volteaba la cabeza hacia atrás cada vez que recibía uno de esos peñonazos que lanzaba aquel pitcher.

   Para ese momento, comienzos de 1969, ya había ocurrido la famosa temporada del Año del Pitcher en las Grandes Ligas y Gibson había dejado aquella microscópica efectividad de 1.12 en un tráfago donde lanzó hasta trece blanqueos. Felipe sabía de esa gesta y se emocionaba al hablar de los trece blanqueos, de lo difícil que sería acercarse a esa marca y más aún a la citada efectividad. Sin embargo noté un temblor más profundo en su voz cuando se refirió a su paso por la liga venezolana, particularmente a dos episodios, uno que experimentó personalmente en el estadio de Cumaná y otro que escuchó por radio en un juego efectuado en el estadio Universitario de Caracas, entre los Indios de Oriente (el equipo que había tomado el lugar de los Navegantes del Magallanes) y los odiados eternos rivales Leones del Caracas. La rivalidad permanecía intacta aunque el equipo no se denominara Magallanes.

  Como siempre hacía cuando sabía que yo estaba ansioso por conocer los detalles de sus historias, Felipe desvió el tema hacia los trece blanqueos. Se los sabía de memoria, al menos los detalles más importantes de casi todos. El primero había ocurrido el 6 de junio de 1968 en el Astródomo. Por los Astros abrió uno de los mejores pitchers en la historia de la franquicia, Don Wilson. Los Cardenales picaron adelante en el tercer inning mediante sencillo de Dal Maxvill, passed ball del cátcher John Bateman, doble impulsor de Lou Brock, sencillo de piernas de Roger Maris por segunda que llevó a Brock hasta la antesala y sencillo remolcador de Orlando Cepeda. Felipe casi dejaba de respirar cuando recordaba que entre el sexto y el noveno inning, Gibson retiró once bateadores en fila hasta que Rusty Staub le bateó sencillo al centro con dos outs. En la apertura del sexto episodio Orlando Cepeda y Tim McCarver descargaron cuadrangulares para poner el marcador 4-0. La voz de Felipe adquiría tonalidades de tenor cuando recitaba las actuaciones de Gibson. “Solo permitió tres imparables (sencillo al centro de Lee Thomas abriendo el segundo inning, doble a la izquierda de Ron Davis quien sería el único corredor que pisaría tercera base mediante rodado por segunda de Staub, y el mencionado sencillo de Staub en el noveno) y dos boletos (uno a Julio Gotay luego de dos outs en el quinto inning y otro al emergente Ivan Murrell abriendo el sexto inning). Ponchó a cinco. Enfrentó 31 bateadores… Nunca se le embasó más de un corredor”.

  Cuando subimos al montículo del estadio de Cumaná, fue inevitable recordar una fotografía en blanco y negro que Felipe tenía pegada con cinta adhesiva en su compartimiento del escaparate. Había un pitcher de piel oscura, con mirada punzante y rostro adusto. En el pecho decía: Oriente. Entonces recordó un juego de la temporada 1960-61 cuando Gibson llegó en un juego empatado al cierre del noveno inning, le tocaba a el batear, y escuchó como el señor con quien había ido al estadio, se enzarzó en una discusión con otros aficionados que imprecaban al manager porque no sacó un emergente a batear por Bob Gibson, que ya podía estar cansado por la intensidad del juego y del sol. “Mi tío les dijo, que no sabían nada de pelota. Que si habían visto como estaba lanzando Gibson, que en la apertura de ese noveno inning la pelota todavía estaba haciendo que el cátcher se sobara la mano. Además les recordó que Gibson no era precisamente un out regalado, que era muy buen bateador. Los tipos aún se burlaban de mi tío, y gritaban en la tribuna que al manager de Oriente había que despedirlo”. Felipe sonrió mientras se subía a la goma de lanzar, su voz sonaba a guaracha cuando dijo que los tipos enmudecieron cuando Gibson largó tremendo estacazo ante una recta humeante del pitcher contrario y la pelota salió a mil millas sobre la cerca del jardín izquierdo para dejar en el terreno a los rivales. “Los tipos no solo enmudecieron, cuando mi tío los buscó, habían desaparecido del estadio”.

  El tercer blanqueo ocurrió el sábado 15 de junio de 1968 en Busch Stadium. Gary Nolan abrió por Cincinnati y hasta el quinto inning el juego se mantuvo 0-0. En el cierre del sexto episodio Dal Maxvill sencilleó a la izquierda. Gibson lo adelantó a la intermedia mediante toque de sacrificio. Lou Brock logra imparable de piernas por el montículo y Maxvill recala en la antesala. Curt Flood despacha elevado de sacrificio a la derecha y Maxvill anota la primera carrera del juego. En el séptimo, luego de dos outs, Mike Shannon  negocia boleto y anota mediante doble de Julián Javier al centro.   Gibson solo concedió cuatro imparables (doble de Vada Pinson a la derecha luego de dos outs en el primer inning;  sencillo de Alex Johnson al centro en el cuarto, luego de dos outs, Johnson se robó la intermedia y pasó a tercera mediante passed ball de McCarver, único corredor de los Rojos que llegó hasta esa base; doble de Whitfield a la izquierda luego de dos outs en el séptimo; sencillo de Tommy Helms con un out en el noveno). Ponchó 13. Cero boletos. Enfrentó 31 bateadores. Felipe hablaba con tanta emoción que parecía que estaba en el estadio de San Luis.

   Por más que insistía en que me contara del otro incidente de Gibson en la liga venezolana de beisbol, Felipe atropellaba sus palabras en medio de los blanqueos más resaltantes de aquella temporada de 1968. El cuarto de esos blanqueos aconteció el jueves 20 de junio ante los Cachorros de Chicago y Ferguson Jenkins en Busch Stadium II. 

   Luego de ponchar los dos primeros bateadores Jenkins recibió triple de Lou Brock a la derecha y sencillo de Curt Flood a la izquierda. Luego de eso el pitcher de los Cachorros colgó seis ceros.

   Gibson permitió cinco  inatrapables (sencillo de Glenn Beckert al centro luego de un out en el primer inning; sencillo de Randy Hundley a  la izquierda abriendo el tercer inning; sencillo de Nen en el cuarto luego de dos outs y boleto a Ron Santo, fue la única vez que Gibson tuvo dos corredores en base en un inning; sencillo de Beckert al centro abriendo el sexto inning; sencillo de piernas de Jenkins al montículo luego de un out en el octavo), concedió 1 boleto, enfrentó a 32 bateadores.

  El noveno blanqueo sucedió el viernes 9 de agosto en Atlanta Stadium ante Phil Niekro. En el tercer inning Lou Brock sencilleó al centro luego de un out y estafó segunda base. Luego del ponche de Curt Flood, Roger Maris remolcó a Brock con sencillo a la derecha.

    Gibson permitió cuatro imparables (sencillo de Martinez luego de un out en el tercer inning; sencillo de Felipe Alou al centro luego de dos outs en el sexto; sencillo de Tito Francona luego de dos outs en el séptimo; sencillo de Felix Millán a la izquierda luego de un out), cero boletos, cinco ponches, 31 bateadores enfrentados.

 Felipe seguía muy emocionado al recordar los blanqueos de Gibson, tanto que se adueñó del montículo y hasta ensayó varios estilos de levantar la pierna para lanzar. Los juegos que más disfrutó recordar fueron los dos finales.

El 2 de septiembre Gibson subió al montículo de Crosley Field en búsqueda del décimo segundo blanqueo ante Gary Nolan y los Rojos de Cincinnati.

   Julían Javier se la sacó del parque a Ted Abernathy quien entró a relevar a Nolan en el décimo inning.

   Gibson permitió 4 imparables (sencillo de Leo Cárdenas a la derecha abriendo el tercer inning; sencillo de Tany Pérez a la izquierda luego de dos outs en el cuarto inning;  sencillos de Tommy Helms y Jones luego de dos outs en el décimo inning), 3 boletos (uno a Vada Pinson luego de dos outs en el primer inning; otro a Johnny Bench en el cuarto inning luego de dos outs y el sencillo de Pérez; y otro a Nolan luego de dos outs en el octavo), 8 ponches, 36 bateadores enfrentados.  Entre el cuarto y el octavo innings Gibson retiró doce Rojos en fila.

 

El décimo tercer blanqueo, coincidencialmente, llegó el viernes 27 de septiembre en Busch Stadium II ante Larry Dierker y los Astros de Houston.

   En el quinto inning Julián Javier negoció boleto. Luego del ponche de Dal Maxvill, Gibson ejecutó toque de sacrificio para llevar a Javier hasta la intermedia. Lou Brock conectó sencillo de piernas por tercera base y Javier ancló en la antesala. Curt Flood despachó imparable remolcador al centro.

   Gibson permitió seis imparables (sencillo de Jim Wynn luego de un out en el primer inning; sencillos de Doug Rader a la izquierda y Dennis Menke a la derecha abriendo el quinto inning; sencillo a la izquierda de José Herrera luego de un out en el sexto inning; sencillo de Rader a la izquierda luego de un out en el séptimo inning; sencillo de Bob Aspromonte al centro abriendo el octavo inning), cero boletos, 11 ponches, 31 bateadores enfrentados.

   Cuando Felipe se disponía  a bajar del montículo para dirigirse hacia una tarima donde se presentaba un grupo de música típica regional, lo templé por la manga de la camisa y no lo solté hasta que entendió que tenía una cuenta pendiente conmigo. Entonces respiró profundo y exclamó casi en susurros: “¡Está bién…está bien!”. Aquella noche, él escuchaba casi hipnotizado un juego entre Oriente y los Leones del Caracas que Gibson había llegado ganando 1-0 al cierre del noveno inning y todo indicaba que conseguiría el blanqueo. De pronto el narrador empezó a decir que desde el dugout del Caracas comenzaron a gritarle algo a Gibson para desconcentrarlo. En menos de cinco minutos el narrador se enteró que desde la cueva caraquista le gritaban “Lumumba” a Gibson, en alusión a su gran parecido con el líder político africano Patrick Lumumba. El narrador casi tartamudeo cuando relató que en el próximo lanzamiento Gibson ejecutó el wind up de frente hacia el dugout y metió la más fantasmagórica recta hacia el compartimiento subterráneo. Un silencio estridente invadió el estadio, por varios segundos solo se escuchaba la pelota repicando entre el techo y el piso del dugout que había quedado totalmente solitario. El narrador intuía que el árbitro podía expulsar a Gibson por aquel incidente, pero luego de conversar con el manager del Caracas, regresó a su lugar detrás del plato y le ordenó a Gibson que siguiera lanzando. Entonces el espigado lanzador completó su faena y terminó de blanquear a quizás el equipo más fuerte del campeonato.

Alfonso L. Tusa C. 18 de octubre de 2020. © 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Lo que Europa podría aprender del fútbol colombiano en los años cincuenta

 


Siempre habrá críticos de una superliga de fútbol, aquellos que dicen que los obstáculos son demasiado grandes, que nunca podría realizarse. Excepto, por supuesto, los que recuerdan la vez que sí funcionó.

Credit...Allsport Hulton/Archive

A primera vista, los tres hombres sentados en una mesa del restaurante Embajadores en el centro de Bogotá, Colombia, parecían una comparsa poco común. Es verdad, todos eran más o menos de la misma edad, de veintitantos años. Además, mientras contaban sus aventuras, sus acentos delataban que los tres eran argentinos. Estaban muy lejos de casa.

Sin embargo, ahí terminaban las similitudes. Un miembro de la reunión era alto, rubio y siempre vestía de manera impecable. Se podría decir que Alfredo Di Stéfano era el atleta más famoso de Sudamérica; luego se convertiría en el futbolista más célebre de su generación. Fue un estatus que se tomó a pecho.

Por otro lado, sus invitados seguramente rayaban en lo desaliñado. Ernesto y Alberto eran médicos, pero habían viajado durante meses, en busca de la médula de Sudamérica en un par de motocicletas polvorientas y destartaladas, vivían de sus alforjas, a menudo dormían bajo las estrellas. Tenían los rostros barbados y las ropas desgastadas.

¿BUSCAS FÚTBOL? SUSCRÍBETE: Rory Smith, corresponsal de fútbol, tiene todo del balompié, desde los principales partidos hasta las ligas más pequeñas. Su boletín en inglés cubre las tácticas, la historia y las personalidades del deporte más popular del planeta.

ADVERTISEMENT

Continue reading the main story

El amigo de un amigo los había puesto en contacto con Di Stéfano. Y, a pesar de su fama, no solo había accedido a reunirse con ellos, sino que también les llevó regalos: algo de yerba mate, la amarga bebida herbal que por alguna razón les gusta a los argentinos y —más importante— un par de boletos para un partido del día siguiente.

Después de todo, ese era el motivo por el que Ernesto y Alberto estaban en Bogotá. Los dos eran aficionados al fútbol y se habían tomado un descanso de su trabajo en Leticia, cerca de la frontera peruana, para hacer el viaje de horas hasta la capital y así poder ver al equipo más fascinante de la liga más fascinante del mundo. Estaban ahí para ver un juego de los piratas.

  • Thanks for reading The Times.
Subscribe to The Times

Al verlo en retrospectiva, y al saber quiénes estaban sentados en la mesa, se puede percibir lo extraordinario de la escena, descrita de manera vívida en la biografía de Ian Hawkey sobre Di Stéfano.

En el viaje por Sudamérica, y particularmente en Colombia, uno de esos médicos iba a ser testigo de una desigualdad tan rampante que se convenció de la necesidad de un cambio social y, a la postre, una revolución violenta. Unos años más tarde, el mundo iba a conocer a Ernesto, el hombre de 24 años que le gorroneó un boleto a uno de los mejores jugadores de su país, como el Che Guevara.

No obstante, ese día, dentro del Embajadores, tan solo era un chico, un doctor, un aficionado. Si había un rebelde en esa mesa, ese era Di Stéfano.

martes, 3 de noviembre de 2020

JOHNNY ANTONELLI y YO Peter Dreier. The Hardball Times/Fangraphs.com. 2 de marzo de 2020./ Traducción: Alfonso L. Tusa C. 03 de noviembre de 2020.

 

 Johnny Antonelli, el héroe de la adolescencia de muchos, se fue este viernes.  

  Johnny Antonelli, pitcher estelar de los Gigantes de Nueva York en los años 1950s y mi héroe de juventud, falleció a los 89 años de edad este viernes.

   Algunas personas que llegan a conocer a sus ídolos de la niñez se disgustan al descubrir que no son personas muy agradables. Fui afortunado al conocer a mi héroe de la niñez y descubrir que era una persona cálida, gregaria, generosa y humilde.




   Eso ocurrió hace dos veranos. Yo estaba pautado para dar una charla en un simposio en el Salón de la Fama del Beisbol en Cooperstown, New York. Pocas semanas antes de mi visita a Cooperstown, le escribí una carta a Johnny, quien creció y aun vivía en Rochester (a tres horas de Cooperstown), y le pregunté si podía llevarlo a almorzar. Le expliqué que en 1954, cuando yo tenía 6 años de edad, mi tio Augie, el día posterior a que fuese a un juego en Polo Grounds, me llevó una brillante fotografía de 8 por 11 pulgadas de Johnny con su uniforme de los Gigantes de Nueva York, posando como si hubiese completado su juego. En la esquina superior derecha, una leyenda en tinta negra decía: “Para Peter Drier (un futuro grande liga). Tu amigo, Johnny Antonelli”.

   Ese fue mi primer autógrafo de beisbol, y lo he atesorado desde siempre, asegurando de llevarlo conmigo a cualquier lugar donde me mudase. Sesenta y cuatro años después, todavía tengo la foto. La tinta se ha desteñido, pero todavía era legible. Mi esposa tuvo el buen tacto de enmarcarla como regalo de cumpleaños. Incluí una copia de esa foto en mi carta para Johnny, esperando que eso pudiera motivarlo a permitir que lo visitara.

   Una semana después, recibí un correo electrónico de la esposa de Johnny, Gail. Escribió: “John rara vez abre el correo de alguien a quien no conoce. Sin embargo, no pudo  resistir abrir ese gran sobre enviado por usted”.

   Gail dijo que Johnny estaba emocionado con mi carta, y me invitó a visitarlos en su hogar y a almorzar con ellos en el Oak Hill Country Club. “Usted puede brindarnos el almuerzo la próxima vez que vayamos a Los Angeles”, escribió ella.”Empiece a ahorrar. John no bebe pero yo sí”.

   La próxima sección de su carta, sin embargo, fue devastadora: “Hubiera deseado que no enviara la copia de la foto autografiada porque el manuscrito no es de John. John quiere que le asegure que nunca conoció a nadie que firmara por él. Quien haya firmado esa foto para usted tendrá que ser siempre un misterio”.

   Después de llevar ese autógrafo conmigo por seis décadas, tuve que confrontar la verdad existencial de que mi tío Auggie, con las mejores intenciones, fue seguramente la persona quien había escrito la dedicatoria para mí en esa foto brillante de 1954. Pocas semanas después del correo electrónico de Gail, recibí un paquete de correo desde Rochester que incluía otra foto brillante de 8 por 11 pulgadas con la leyenda: “Para mi amigo Peter Dreier, con mis mejores deseos. Johnny Antonelli”. Ahora, las dos fotos, de 1954 y 2018 cuelgan en la pared de la oficina de mi casa.

  Algunas semanas después manejé desde Cooperstown hasta la modesta casa de Antonelli en Rochester. Johnny me recibió en la puerta, estrechó mi mano y me dio la bienvenida con una gran sonrisa. A los 88 años de edad, se había encogido unas pocas pulgadas desde la espigada estatura de sus días de pelotero activo, pero estaba en forma y energético. Me mostró su casa, incluyendo muchos episodios de sus días beisboleros y su posterior carrera como hombre de negocios de Rochester y celebridad local. Entonces fuimos a cenar al country club.

  Durante la comida, Johnny me dijo que por muchos años, el ostentoso club, anfitrión de muchos torneos elitescos de PGA, no permitió que judíos, italianos y mucho menos afroamericanos) se asociaran. Aunque se había convertido en un exitoso hombre de negocios, con una cadena de establecimientos proveedores de neumáticos a través del territorio alto del estado de Nueva York, el estirado club rechazó admitirlo por muchos años. Eventualmente, le permitieron asociarse, pero como buen orgulloso hijo de inmigrantes italianos, nunca olvidó la afrenta.

   Johnny estuvo encantador. Su memoria fue sólida. Durante nuestras dos horas de almuerzo, a través de las cuales me obsequió historias que debió haber contado centenares de veces, pero sonaban frescas cuando las refería, fuimos interrumpidos una docena de veces por miembros del club que venían a saludar a Johnny y Gail. Sabiendo que yo soy judío, Johnny me dijo cuales de esos amigos eran judíos, recordó sus logros profesionales y cívicos, y me dijo que sus amigos más cercanos de Oak Hill fueron los hijos y nietos de inmigrantes, un pequeño triunfo en la batalla de la nación sobre la intolerancia.

   Al crecer en el enclave inmigrante de Rochester, Johnny no estaba al tanto de la segregación racial que había en su ciudad o más allá. Llegó a las ligas mayores en 1948, un año después que Jackie Robinson había roto la barrera racial del beisbol. Los Bravos integraron su nómina en 1950 con Sam Jethroe y dos años después había tres peloteros negros.

   Johnny estaba impactado por la manera como eran tratados sus compañeros de equipo negros, especialmente cuando viajaban al sur. Recordó un incidente donde los Gigantes fueron a San Luis en los años 1950s para jugar ante los Cardenales. Los equipos visitadores se quedaban en el Chase Hotel, el cual no permitía afroamericanos en el restaurant del hotel, les pedía que comieran en la cocina. Sin informar a los dueños o ejecutivos del equipo, Johnny, el representante de los peloteros de los Gigantes, le dijo al gerente del hotel  que si ellos no le permitían a sus compañeros negros entrar en el restaurant, los Gigantes se irían a otro hotel. El hotel cedió. Johnny no hizo pública su intervención, pero seis décadas después, aun estaba orgulloso de su respeto por los derechos civiles.




   Nacido en 1930, Johnny creció en el vecindario inmigrante del lado oeste de Rochester. Fue estrella de tres deportes (beisbol, baloncesto y futbol americano) en la Jefferson High School de Rochester. Fue probablemente el mejor beisbolista de escuela secundaria en todo el país. Su padre, Gus, un contratista ferroviario de construcción quien había inmigrado a Estados unidos en 1913, se aseguró de que los equipos de grandes ligas supieran del talento beisbolero de su hijo. Gus escribió cartas a los scouts acerca de los logros de su hijo, y hasta fue a los campamentos de entrenamientos primaverales en Florida con Johnny a cuestas y con recortes de periódicos de sus triunfos en el diamante. Luego que Johnny se graduara en la secundaria en 1948, Gus rentó el Silver Stadium, sede de los Red Wings de Rochester de la International League, e invitó los scouts de nueve equipos de ligas mayores para que vieran a su hijo pitchear  contra un prestigioso equipo semi-profesional. Johnny ponchó 17 bateadores y lanzó sin permitir imparables ni carreras.

   Eso inició una guerra por firmar a Johnny para un contrato de grandes ligas. Los Medias Rojas, Yanquis, Gigantes, Indios, Tigres, Cardenales, Piratas, Rojos y Bravos de Boston, expresaron interés. El scout de los Bravos, le dijo a Lou Perini, presidente del equipo, que Johnny era “de lejos el mejor prospecto de grandes ligas que he visto. Justo ahora tiene la postura de un pitcher de grandes ligas y tiene una curva y una recta para respaldarlo. Pienso tanto en las posibilidades de este chico que si tuviera que pagar el dinero de mi bolsillo, no dudaría en hacerlo, si tuviera el dinero”.

 Los Bravos firmaron a Johnny en un contrato con 52.000 $ de bono (570.000 $ en dólares actuales), el segundo más grande en la historia del beisbol hasta ese momento. De acuerdo a las reglas del “bonus baby” de la época, los equipos que firmaban peloteros por más de 4.000 $ tenían que mantener al pelotero en su nómina de grandes ligas, aún si les habría ido mejor pasando uno o dos años en las menores.

   Eso significó que Johnny pasó 1948, su primera temporada como pelotero profesional, con los Bravos de Boston.  Algunos peloteros resentían de él y de su gran bono. El pitcher zurdo estelar del equipo, Warren Spahn, rechazaba inicialmente hablar con el Antonelli de 18 años de edad. La otra estrella de picheo, Johnny Sain, cuyo salario de 21.000 $ era menor que el bono de Antonelli, amenazó con renunciar, pero se mantuvo después que el equipo le dio un nuevo contrato a mitad de temporada por 30.000 $.

    Aunque los Bravos ganaron el banderín de la Liga Nacional ese año, Johnny trabajó principalmente como pitcher de práctica de bateo, apareció en solo cuatro juegos como relevista. Cuando terminó la temporada, asistió a Bowling Green University en Ohio (donde cantó en el coro y trató de especializar su voz), pero solo se quedó por un semestre para regresar con los Bravos en el entrenamiento primaveral de 1949.

  Antonelli fue utilizado escasamente en 1949 y 1950, entonces sirvió durante dos años en la armada, donde ganó 42 juegos y solo perdió 2 para el equipo de Fort Myer, así ganó el tipo de experiencia regular (y auto-confianza) que no tenía por no jugar en las ligas menores. En 1953, regresó a los Bravos, quienes se habían mudado desde Boston hasta Milwaukee, y pasó a ser parte de la rotación de abridores. Tuvo marca de ganados y perdidos de 12-12, pero mostró señales de promesa al terminar quinto entre los pitchers de la Liga Nacional con una efectividad de 3.18.

   En febrero de 1954, los Bravos cambiaron a Johnny a los Gigantes de Nueva York como parte de una negociación de seis peloteros que envió al tercera base de los Gigantes, Bobby Thomson, a los Bravos. Muchos fanáticos de los Gigantes estaban disgustados con el cambio porque Thomson, quien había bateado el legendario jonrón decisivo para vencer a los Dodgers por el banderín de 1951, era uno de los peloteros más populares de Nueva York.

   Pero Johnny se ganó el respeto de los seguidores de los Gigantes en 1954. No solo fue el mejor pitcher del beisbol ese año sino que llevó al equipo a la victoria en la Serie Mundial contra los grandes favoritos Indios de Cleveland.

   El tema del beisbol era una constante en nuestro hogar de Nueva Jersey, pero no fue hasta que cumplí seis años cuando empecé a prestarle atención a los peloteros y los equipos, y heredé la lealtad de mi padre por los Gigantes de Nueva York. Sus héroes de juventud eran el jardinero de los Gigantes Mel Ott (quien una vez fue dueño de la marca vitalicia de jonrones de la Liga Nacional) y el as de pitcheo Carl Hubbell. Mi papá mantenía su alianza con el equipo durante los buenos y malos tiempos. Su chiste favorito, el cual nunca se cansaba de contar, y con el cual me reía porque sabía que eso era lo que él quería, era que yo le preguntara, “Papá ¿eres seguidor de los Gigantes?” y el respondía, “No, soy un aparato de aire acondicionado”.

   Resultó un maravilloso accidente que mi despertar al beisbol y el mejor año de Johnny en el beisbol ocurriesen en 1954. Entonces fue cuando tenía suficiente uso de razón para entender que cada quien tenía que tener un equipo favorito. El tiempo era perfecto. Ese fue el año cuando mis amigos y yo empezamos a coleccionar barajitas de beisbol y a comparar nuestros peloteros y equipos favoritos. La mayoría de mis amigos aupaba a los Dodgers de Brooklyn o los Yanquis de Nueva York. A través de mi adolescencia, uno de los temas favoritos de conversación era cual equipo tenía el mejor jardinero central (Duke Snider de los Dodgers, Mickey Mantle de los Yanquis, o Willie Mays de los Gigantes) y el mejor pitcher (Don Newcombe de los Dodgers, Whitey Ford de los Yanquis, o Antonelli de los Gigantes). Yo tenía un álbum con artículos de periódicos y revistas acerca de los Gigantes y fotos pegadas con cinta adhesiva, de mis peloteros favoritos, Johnny, Willie y el bateador emergente Dusty Rhodes, en la pared de mi habitación.

    A los seis años de edad, había empezado a jugar con mi padre a lanzarnos la pelota en un parque cercano a casa, y el me convenció, de que siendo zurdo, debería ser pitcher. Así que era natural que sintiera afinidad con Antonelli, el as zurdo de los Gigantes. Y cuando mi tío me trajo la foto autografiada de Antonelli, mi lealtad por el pitcher de 24 años de edad creció exponencialmente.

   Antonelli tuvo una temporada increíble en 1954, la mejor de su carrera de doce años en las mayores. Lideró la liga en blanqueos (seis), efectividad (2.30), y porcentaje de juegos ganados (.750), con 21 victorias y solo 7 derrotas, y fue seleccionado para el juego de estrellas. Al final de la temporada, terminó tercero en la votación del jugador más valioso, detrás de Mays y  el toletero de los Rojos de Cincinnati Ted Kluszewski. Dos años antes había sido creado el premio Cy Young para rendir honor al mejor pitcher, The Sporting News le dio a Johnny su premio de Pitcher del Año.

  Los Indios de Cleveland eran grandes favoritos para vencer a los Gigantes. Habían ganado 111 juegos, la mayor cantidad en la historia de la Liga Americana, comandaron la liga en jonrones y tenían una de las rotaciones de pitcheo más impresionantes de todos los tiempos.

   A los seis años de edad, yo no sabía que no se suponía que los Gigantes ganaran, y no entendía el concepto de “ganar contra todos los pronósticos”. Recuerdo haber visto la serie en nuestro televisor en blanco y negro, pero no recuerdo los detalles. Ni siquiera tengo ninguna memoria de “la atrapada”, la que algunos consideraron la jugada más grande realizada en los jardines de la historia del beisbol. Eso ocurrió en el primer juego de la Serie Mundial, jugada en Polo Grounds, el estadio de los Gigantes en la parte alta de Manhattan. Con el marcador igualado 2-2 en la apertura del octavo inning, el toletero de Cleveland, Vic Wertz descargó un batazo de 420 pies a las profundidades del jardín central. Mays, quien había estado jugando corto, hizo una atrapada en plena carrera, por encima del hombro, en la zona de seguridad. Luego giró (en ese  proceso la gorra se le cayó) y lanzó la pelota al cortador del cuadro interior, lo cual impidió que Larry Doby quien corría en segunda base, avanzara, y permitió que los Gigantes ganaran el juego en el décimo inning.

  El día siguiente, Antonelli inició el segundo juego y permitió cuadrangular a Al Smith en el primer lanzamiento del juego. Pero no permitió más libertades en el resto del juego, lanzó un juego completo, y venció a los Indios y a Early Wynn, 3-1. El pitcher de los Gigantes, Rubén Gómez derrotó a los Indios en el tercer juego con ayuda del as relevista Hoyt Wilhelm, quien se convertiría en uno de los grandes pitchers nudillistas de la historia. Don Liddle abrió el cuarto y final juego, pero necesitó apoyo no solo de Wilhelm (quien lanzó el séptimo inning), sino también de Antonelli, quien asumió el papel de relevista y silenció a los Indios. Logró los últimos cinco outs mediante tres ponches y dos elevados, para asegurar la victoria de los Gigantes y concretar la barrida. Rochester lo premió con un desfile, fue invitado a disertar en una asamblea en su alma mater, Jefferson High School, y en la Italian-American Businessmen’s Association local, le obsequiaron un Buick.

   Johnny pitcheó bien durante cinco años más y asistió a cuatro juegos de estrellas seguidos desde 1956 hasta 1959. Ganó 20 juegos para unos Gigantes que ocuparon la sexta posición en 1956. En 1959 ganó 19 juegos para los Gigantes de San Francisco, empató el liderato de blanqueos (cuatro), y fue el pitcher ganador del primero de dos juegos de estrellas efectuados ese año. Después de dos temporadas mediocres con los Gigantes, Indios y Bravos en 1960 y 1961, se retiró a la edad de 31 años, cansado de los viajes y de querer pasar más tiempo con su familia.

  En 12 temporadas de ligas mayores, ganó 126 juegos, perdió 110, y lanzó 25 blanqueos. En 1.992.1 innings, permitió 1.870 imparables y 687 bases por bolas, ponchó a 1.162. Su efectividad vitalicia fue de 3.34. Estaba muy orgulloso por haber completado 102 de los 268 juegos que inició y de haber despachado 15 jonrones durante su carrera, lo cual le permite igualar el puesto 21 entre los pitchers que batearon más jonrones en su carrera.

   Toda la carrera de Johnny en las grandes ligas ocurrió antes que la Major League Baseball Players Association anulara la cláusula de la reserva, lo cual permitió a los peloteros contratar agentes, y catalizar la revolución de los salarios. Como la mayoría de los peloteros de su época, Johnny tenía que buscar trabajo durante el receso entre temporadas para hacer que sus ingresos alcanzaran para las finanzas familiares. Durante su destacada temporada de 1954, ganó 12.000 $ (el equivalente a 115.000 $ actuales), hizo algún dinero extra con apariciones en televisión posteriores a la temporada, e hizo promociones para una compañía de cigarrillos y una firma de suspensorios. Su mayor salario fue 42.000 $ en 1958, 375.000 $ en dólares actuales, muy distanciado del promedio actual de cuatro millones de dólares en las ligas mayores.

   Luego de la temporada de 1954, Johnny invirtió su cuota de 8.750 $ del bono de Serie Mundial de los Gigantes en una tienda de neumáticos de Rochester, y se convirtió en representante exclusivo de Firestone en el area. Después que se retiró del beisbol, regresó a Rochester y amplió el negoció hasta desarrollar una cadena de 28 locales a través de la zona norte del estado de Nueva York. Para promover el negocio, y expresar su gratitud con su pueblo natal, la compañía de Antonelli y una estación de radio local patrocinaron “Captain Friendly”, para los gerentes de tienda que hicieran circular un vehículo van alrededor de Rochester para auxiliar a los conductores en el cambio de neumáticos y otras reparaciones, sin costo alguno.

   Muchos residentes de la zona norte del estado de Nueva York quienes crecieron después que Johnny se retiró del beisbol, conocían su nombre porque lo asociaban  con el negocio de neumáticos, no con el deporte. Se convirtió en un líder civil y en filántropo local, además fue un respetado orador en eventos de recaudación de fondos sin fines de lucro y para apoyar ligas deportivas amateur, de seguro recordaba muchas de las historias que me contó durante mi visita. Formó parte de la directiva del equipo de ligas menores Red Wings de Rochester, de categoría AAA, y disfrutaba mucho asistiendo a sus juegos. Johnny vendió el negocio de neumáticos en 1994.

   Después de retirarse del beisbol, Johnny se convirtió en un golfista destacado, al ganar torneos locales hasta sus ochenta años de edad. Tuvo tres hijas y un hijo con su primera esposa Rosemarie, quien falleciera en 2002. Se casó con Gail Harms en 2006. La pareja celebro su décimo aniversario de bodas viajando a California, empezaron por Los Angeles para visitar a Del Crandall, compañero de equipo de Johnny en los Bravos de Boston, y amigo íntimo, y luego fueron a San Francisco, para compartir son sus compañeros de los Gigantes Willie Mays, Orlando Cepeda y Willie McCovey.

   En 1958, cuando los Gigantes se mudaron a San Francisco, me rompieron el corazón. Nunca auparía de nuevo a  los Gigantes como equipo, pero reservé un lugar especial en mi corazón para Johnny así como para Willie Mays y Dusty Rhodes.

   Crecí en una familia judía en el Estados Unidos de la posguerra. Los asuntos de inmigración, discriminación y asimilación nunca estuvieron lejos de la superficie. El beisbol se convirtió en la metáfora de los cambios sociales de la nación, incluyendo el drama del racismo y los derechos civiles. Así que no me sorprende que mis primeros héroes beisboleros fuesen un grupo políglota. Antonelli era el hijo de unos inmigrantes italianos de clase trabajadora quienes veían al beisbol como la ruta de su hijo para llegar a la clase media. Mays creció en un pueblo segregado en las afueras de Birmingham, Alabama, donde su padre trabajaba en una fábrica de acero y como portero Pullman. Mays jugó en las ligas negras antes de firmar con los Gigantes.

  Rhodes también creció en la Alabama pobre y rural. Era blanco, pero sus mejores amigos en los Gigantes eran los peloteros negros. Cuando se retiró del beisbol en 1959, antes que regresar al sur, se mudó a Nueva York, donde trabajó como capitán de un bote remolcador en la bahía de Staten Island y como guardia Pinkerton en el World’s Fair de 1964. Mi otro héroe beisbolero fue Jackie Robinson a  pesar de que jugaba para los rivales Dodgers de Brooklyn. En la mayoría de los hogares judíos de la época, él era una figura icónica como el difunto Franklin D. Roosevelt.

   De niño, no solo seguía a diario las actuaciones de mis peloteros favoritos. Aprendí geografía y matemáticas al leer sus barajitas de beisbol y las historias periodísticas de ellos. Aprendí como debatir, al enzarzarme con mis amigos en discusiones sobre nuestros equipos y peloteros favoritos. Aprendí como manejar la victoria (en 1954), los disgustos (1955, 1956, y 1957), y la derrota y la traición (cuando los Gigantes se mudaron a la costa oeste). Gané conocimiento de que siempre hay nuevos comienzos y nuevos horizontes. También aprendí, un poco tarde en la vida, que mi tó Augie había forjado la firma de Johnny para llevarle diversión a un pequeño aficionado de seis años de edad, una falsificación por el cual le habría disculpado si aún estuviera vivo. Seis décadas después, esas son todavía lecciones valiosas.

 

Peter Dreier es el E.P. Clapp Profesor distinguido de política en Occidental College. Es autor de varios libros, incluyendo The 100 Greatest Americans of the 20th Century: A Social Justice Hall of Fame (2012), Place Matters: Metropolitics for the 21st Century (3rd edition, 2014), y We Own the Future: Democratic Socialism, American Style (2020). Su próximo libro, Baseball Rebels: The Reformers and Radicals Who Shook Up the Game and Changed America, escrito junto a Rob Elias, será publicado por University of Nebraska Press en 2021.

 

 

Traducción: Alfonso L. Tusa C. 03 de noviembre de 2020.