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miércoles, 16 de septiembre de 2020

TRUMP CONTRA EL DEPORTE Jesús Elorza

 



Era agosto de 2016 y sonaba el himno nacional antes de un partido de pretemporada en la NFL. Colin Kaepernick, entonces mariscal de campo de los San Francisco 49ers, hincó la rodilla en el suelo en vez de ponerse en pie:- No voy a levantarme para mostrar orgullo por una bandera de un país que oprime a la gente negra, explicó después el deportista, que es mestizo. -Tal vez debería buscarse un país que se adapte mejor a él, replicó Donald Trump, que era candidato a la presidencia.


Desde entonces, varios atletas han estado negándose a ponerse de pie en rechazo al trato que la policía le da a la gente de raza negra, que consideran discriminatorio. Ahí comenzó una polémica que, un año después, se ha convertido en una guerra entre el ahora presidente de Estados Unidos y una parte importante del mundo del deporte.

Desde 2016 a la actualidad, las disputas entre el presidente estadounidense y las estrellas de la NFL han sido incesantes, aunque el punto álgido hay que situarlo en el famoso mitin de Donald Trump en Alabama en septiembre de 2017.

En el, dirigiéndose a los propietarios de las franquicias de la NFL, Trump dijo la frase - Get that son of a bitch off the field right now! He’s fired! He’s fired!” (¡Sacad a ese hijo de puta del campo ahora mismo! ¡Está despedido! ¡Está despedido!) y les instó a que echaran a todos los jugadores que protestaran durante el himno.

La reacción del mundo de la NFL no se hizo esperar con protestas en masa en la que tanto jugadores y entrenadores como propietarios se unieron contra el presidente y se arrodillaron durante el himno.

En ese proceso de ataque incesante contra los deportistas que públicamente manifiestan su posición frente a la discriminación racial y la violencia policial, se suma la reiterada suspensión de la visita de los equipos campeones a la Casa Blanca, bien por orden del mandatario o por el rechazo de los jugadores.

Los Philadelphia Eagles,  ganadores del Superbowl, es uno de esos conjuntos que no han tenido recibimiento por parte del presidente norteamericano. Los Washington Capitals, campeones de la Stanley Cup, todavía no han acudido a la Casa Blanca pese a la entusiasta felicitación de Trump cuando se proclamaron vencedores. Especialmente sincera fue también Cheryl Reeve, entrenadora y general manager de las Minnesota Lynx, después de que su equipo se proclamara en 2017 campeón de la WNBA por cuarta vez en su historia y no fuera invitado por Trump a la tradicional visita a la Casa Blanca. Los Golden State Warriors tampoco han visitado la Casa Blanca en ninguno de sus dos últimos campeonatos de la NBA.

Por su parte, Trump también aprovechó su oportunidad el pasado 4 de agosto de 2018, para, responder a una entrevista de LeBron James en la CNN en la que el alero de los Lakers acusó al presidente norteamericano de utilizar el deporte para “dividir” a los estadounidenses y en la que, además, aseguró que nunca se sentaría a charlar con él. “Lebron James acaba de ser entrevistado por el hombre más imbécil de la televisión, Don Lemon. Ha hecho a Lebron parecer inteligente, lo que no es fácil de conseguir.

El deporte estadounidense ha unido sus fuerzas y alzado su voz en contra del racismo y el abuso policial sistemático en ese país. Las ligas deportivas más importantes, sumaron sus esfuerzos al "Movimiento Black Lives Matter" y suspendieron sus partidos este miércoles 26 de agosto como señal de protesta. Así es como cientos de jugadores, manifestaron su solidaridad con el joven afroestadounidense, Jacob Blake, quien se encuentra hospitalizado luchando por su vida como consecuencia de un caso de brutalidad policiaca ocurrido en Kenosha, Wisconsin.

Esta ola también ha llegado a la NASCAR y la NHL. La primera dio a conocer el miércoles que prohibía mostrar la bandera confederada en todas sus carreras. Ese emblema es considerado como una exaltación del racismo y la esclavitud y se remonta a la Guerra Civil de Estados Unidos entre 1861 y 1865. “La presencia de la bandera confederada en los eventos de la NASCAR es contraria a nuestro compromiso para ofrecer un ambiente inclusivo y acogedor a todos nuestros aficionados”, afirmó la organización en un comunicado. Mientras tanto, en la NHL, la liga de hockey sobre hielo, más de 100 jugadores han hecho declaraciones denunciando las desigualdades raciales. Es un paso casi histórico para un deporte en el que el 95% de los jugadores son blancos. Una tónica similar a la NASCAR, en donde hay poca presencia de pilotos afroamericanos.

En el mismo contexto, los equipos de la Liga Mayor de Fútbol estadounidense (MLS, por su sigla en inglés) que disputaban la séptima jornada del torneo, no jugaron sus compromisos y se unieron a las protestas que empezaron en la NBA.

A estas protestas se unieron también las jugadoras de la WNBA. El baloncesto femenino, líder en muchas cuestiones de lucha social y reivindicaciones similares, volvió a dar ejemplo siguiendo la propuesta de los Milwaukee Bucks y optaron por no disputar tampoco sus partidos. Poderosas imágenes se mostraron, sobre todo la de las jugadoras del Washington Mystics, que lucieron unas camisetas con 7 agujeros en la espalda para representar su indignación ante el tiroteo de la policía estadounidense sobre Jacob Blake.

Por su parte, los jugadores de Cerveceros de Milwaukee de la Major League Baseball (MLB), tomaron la decisión de no jugar la noche de este miércoles ante los Rojos de Cincinnati, también como modo de protesta. Horas más tarde se confirmó que los encuentros entre los Marineros de Seattle vs Padres de San Diego y Angeles Dodgers contra San Francisco; también serían cancelados. Asimismo, varios equipos analizan unirse a las protestas y no saltar al campo.

Otras disciplinas deportivas como el tenis, donde también sus atletas han decidido no seguir participando en los torneos para unirse a las manifestaciones contra acciones racistas.

Hoy al igual que ayer, en la historia del movimiento deportivo la lucha contra el racismo se hace presente. Jesse Owen con sus cuatro medallas de oro en los Juegos Olimpicos de 1936 derribo la ilusión totalitaria de "La Supremacia de la Raza Aria" de Adolfo Hitler, John Carlos y Tommie Smith en Mexico 1968 elevaron sus puños con guantes negros para dar a conocer al mundo entero el movimiento Black Power y las acciones emprendidas por Cassius Clay posteriormente conocido como Muhamma Ali señalan entre muchos ejemplos el camino a seguir hasta lograr la derrota definitiva del racismo.



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LOUIS ZAMPERINI, SOBREVIVIENTE DE LA GUERRA, ATLETA OLÍMPICO, ‘INQUEBRANTABLE’, FALLECE A LOS 97 AÑOS DE EDAD. Por Ira Berkow. The New York Times. 3 de Julio de 2014./ Traducción : Alfonso L. Tusa C. 13 de septiembre de 2020.

 



Louis Zamperini, un corredor olímpico quien como aviador durante la segunda guerra mundial se estrelló en el océano Pacífico, fue declarado como muerto y luego pasó 47 días a la deriva en un bote salvavidas, batallando para conservar la vida, antes de ser capturado por los japoneses y resistir una prisión brutal, falleció este miércoles en Los Angeles. 

 Una declaración emitida por su familia informó que había tenido neumonía. La destacada historia de supervivencia de Mr. Zamperini durante la guerra ganó atención de nuevo en 2010 con la publicación de una vívida biografía de Laura Hillenbrand, “Unbroken: A World War II Story of Survival, Resilience, and Redemption.” Escaló hasta el número uno de la lista de grandes ventas del New York Times. 

 La historia va ser relatada en una adaptación del libro para el cine dirigida por Angelina Jolie y programada para estrenarse en diciembre. Jack O’Connell interpreta a Mr. Zamperini. Mr. Zamperini tenía poco más de 20 años y era estrella de pista en la University of Southern California, cuando se enlistó en los Army Air Corps poco después que Estados Unidos entrara en la guerra en 1941. Fue bombardero en un B-24 que volaba en misión de rescate el 27 de mayo de 1943, cuando su avión, llamado Green Hornet, tuvo fallas mecánicas y cayó al mar.

 Mientras compartían el bote salvavidas, el Teniente Zamperini y otros dos sobrevivientes del accidente aéreo, el copiloto, Teniente Segundo Russell Phillips, y el artillero de cola, Sargento Francis McNamara, enfrentaron el hambre, la sed, el calor, las tormentas y los tiburones al tratar de evitar las ráfagas de ametralladora de los aviones japoneses. 

Subsistieron con el agua de lluvia y los pocos peces que pudieron atrapar. El teniente Zamperini, quien medía alrededor de 1.73 metros, pasó de pesar 57 kilos a solo 34. En junio de 1943, Anthony y Louise Zamperini recibieron en su hogar de Torrance, Calif., el siguiente mensaje respecto a su hijo: “En sentida memoria del Sargento Primero Louis S. Zamperini, A.S. No. 0-663341, quien falleciera en servicio por su país en el area del Pacífico central”. El mensaje continuaba: “Él permanecerá en la línea inquebrantable de patriotas quienes han defendido hasta la muerte que la libertad podía vivir, y crecer, y aumentar sus bendiciones. La libertad vive, y a través de ella, él vive, de una manera que humilla la tarea de la mayoría de los hombres”. Firmado, “Franklin D. Roosevelt, Presidente de Estados Unidos”. Sin saberlo los militares, el Teniente Zamperini y los otros aun estaban vivos en el mar, aunque el Sargento McNamara había fallecido luego de 33 días. El Teniente Zamperini y el Teniente Segundo Phillips fueron capturados por los japoneses. Entonces el sufrimiento aumentó mientras los hombres eran enviados de una prisión a otra. 

Durante un tiempo Mr. Zamperini estuvo en las manos brutales de Mutsuhiro Watanabe, un Sargento del campamento quien años después fue clasificado como criminal de guerra pero evadió el proceso legal. “Yo podía resistir las golpizas y el castigo físico”, dijo Mr. Zamperini, “pero el intento de destruir tu dignidad, de hacerte sentir insignificante era lo más duro de aceptar”. Mr. Zamperini dijo que el entrenamiento atlético le había ayudado a sobreponerse al tormento.

 “Por algo hay que aprender autodisciplina si se quiere tener éxito como atleta”, dijo. “Por otro lado, tienes que tener confianza en ti y creer que no importa lo que tengas que enfrentar, tienes que saber manejarlo, que no puedes rendirte. También está el aspecto de mantenerse en forma. Y el humor ayudó mucho, aún en los momentos más graves”. En 1945, al final de la guerra, Mr. Zamperini fue liberado junto a otros centenares de prisioneros de guerra del campamento de Naoetsu, al noroeste de Tokyo. “Aunque todavía estaba enfermo, desgastado y débil, se llenó de una euforia que nunca había experimentado”, escribió Ms. Hillenbrand. Louis Silvie Zamperini nació el 26 de enero de 1917, en Olean, N.Y., hijo de inmigrantes italianos. Su familia se mudó a Torrance en 1920. Louis fue pugilista antes de ser corredor, de acuerdo a una biografía publicada por la University of Southern California. Su padre le enseñó a boxear para que se defendiera de los burlones que lo acosaban porque no sabía hablar inglés.

 Pete Zamperini, su hermano mayor, lo animó a inscribirse en el equipo de pista y campo de la Torrance High School. Allí estableció la marca nacional de escuelas secundarias para la milla en el los Angeles Memorial Coliseum en 1934; el tiempo de su marca fue 4 minutos 21.2 segundos, duraría por 20 años. Sus logros deportivos en la secundaria le valieron una beca en USC. Dos años después, en las eliminatorias olímpicas de los 5.000 metros en Randalls Island en Nueva York, terminó empatado con Don Lash, el plusmarquista mundial, lo cual lo clasificó para los Juegos Olímpicos de Berlín, siendo adolescente. 
 En Berlin, compitió en la carrera de 5.000 metros, terminó octavo (Lash entró décimo tercero), sin embargo, Mr. Zamperini tuvo un buen remate. Durante esos juegos estuvo con otros atletas cerca del palco de Hitler y quería una fotografía del líder nazi. “Yo era totalmente inocente respecto a la política mundial”, dijo Mr. Zamperini en una entrevista con The New York Times, “y pensaba que parecía divertido, como salido de una película de Laurel y Hardy, especialmente por la forma como movía los pies y las caderas”. Debido a que no estaba suficientemente cerca, pidió a alguien del entorno de Hitler que le tomara una foto para él. “Fue el tipo flaco”, dijo Mr. Zamperini, refiriéndose a Joseph Goebbels, el ministro de propaganda. Conoció a Hitler brevemente, quien estrechó su mano y dijo, “Ah, tu eres el muchacho del remate rápido”. Dos años después, en 1938, Mr. Zamperini estableció una marca nacional colegial para la milla con registro de 4:08.3, la cual se mantuvo vigente por 15 años. Se graduó en la USC en 1940, y podo después combatía con los Aliados en la segunda guerra mundial. Cuando regresó a Estados Unidos después de la guerra y sus dificultades en el mar y como prisionero, cayó en el alcoholismo y casi se divorció de su esposa, Cynthia. Sin embargo, siguieron casados por 54 años hasta que ella falleció en 2001. Sus sobrevivientes incluyen a un hijo, Luke; una hija, Cynthia Garris, y un nieto. Mr. Zamperini reacomodó su vida, dijo, después de escuchar un sermón del predicador Billy Graham. Años después, trabajó en comerciales de bienes raíces y permaneció activo físicamente después de los 90 años, esquiando, corriendo, escalando montañas y patinando.

 Se destacó en el circuito de oratoria. También regresó a Japón como misionero y corrió un trecho del relevó de la antorcha olímpica en los Juegos Olímpicos de Invierno de Nagano. 
La ruta lo llevó a pasar por Naoetsu, una región montañosa y nevada donde había sido prisionero. Mr. Zamperini escribió dos memorias, ambas tituladas “Devil at My Heels”, la primera publicada en 1956 y escrita con Helen Itris, y la segunda en 2003 con David Rensin. Los esfuerzos anteriores por llevar la historia de Mr. Zamperini al cine fallaron. En los años 1950s, Tony Curtis quería interpretar el papel. Hacia finales de los 1990s, Nicholas Cage mostró interés. A pesar de las dos autobiografías de Mr. Zamperini, Ms Hillenbrand pensó que se podía hacer más con la historia. En un correo electrónico escribió: “La historia de Louie fue bien contada, pero como autobiografía estaba limitada al punto de vista de Louie. Nadie había enfocado la historia de Louie como biografía, incorporando numerosos puntos de vista”. “Empecé a entrevistar a los amigos aviadores de Louie, prisioneros de guerra, oficiales de los campamentos japoneses, amigos y familiares, y revisé sus diarios, memorias y cartas. Lo que encontré fue una historia fascinante”. 

Traducción: Alfonso L. Tusa C. 13 de septiembre de 2020.

lunes, 14 de septiembre de 2020

SE FUE UN GRANDE DEL PERIODISMO DEPORTIVO, HA MUERTO CHICHÍ HURTADO

 

Se nos fue un grande del periodismo deportivo en Venezuela, Gonzalo Enrique “chichí” Hurtado, un ser humano excepcional por lo que era apreciado por muchísima gente. Este destacado periodista deportivo murió a mediodía de este lunes, en su residencia en Naguanagua, rodeado por sus familiares más cercanos. “Chichí” Hurtado nació en Valencia el 10 de enero de 1936, por lo que tenía 84 años. Sus hijos Gonzalo, Luis, Glenda, Jorge y Grisell hoy lloran su partida, al igual que su esposa Magaly Martínez de Hurtado y sus hermanos Gladys Hurtado de Mejías, Marisabel y José Hurtado, este último también periodista.

Trabajó en el diario El Universal por 20 años como periodista deportivo, dese 1967 al 1994. También en la revista Sport Gráfico, junto a Delio Amado León, así como en el diario La Esfera como periodista desde 1958 a 1963. En El Carabobeño trabajó en dos oportunidades, desde 1956 a 1958, y desde 1996 hasta el 2007, esta última como jefe del Departamento de Deportes, de donde se retiró para descansar. Entre los años 1979 a 1994 ejerció como jefe de prensa Instituto Nacional de Deportes en Caracas, donde conoció a su esposa Magaly. También fue jefe de prensa del Forum de Valencia.

Su amplio conocimiento del periodismo deportivo le hizo merecedor de innumerables reconocimientos. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Deportivo en el año 1984.Durante 20 años consecutivos fue seleccionado como Periodista del Año en tenis, y 10 años en natación y cuatro en béisbol. Además del Colegio Nacional de Periodista y Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, fue miembro del Círculo de Periodista Deportivos y de la Asociación Internacional de Prensa Deportiva.

Junto a Raúl Albert, también fallecido, Chichí conformaba la dupla de periodistas deportivos de El Carabobeño que tenía el reconocimiento de la colectividad valenciana, pero eso no lo hacía ser presumido, por el contrario era amable con todo el mundo. El periodista Víctor Osta recuerda que atletas lo iban a buscar al periódico para que los aconsejaran sobre diferentes tópicos, porque nunca le faltaba una palabra de aliento hacia sus semejantes.

Cita además que tuvo mucho que ver con la formación de Carlos Tovar Bracho, un valenciano que también se fue a Caracas a labrarse un futuro y lo logró. Chichí Hurtado era amante del Basquet, tal vez influido por la notoriedad que ganó su tío Nardo Herrera en ese deporte, como estelar jugador de Trotamundos de Carabobo.

Las tertulias que se realizaban en El Carabobeño, en las que participaba él, Raúl Albert, Víctor Osta y Alfredo Fermín, eran muy interesantes porque hacían como una especie de competencia para determinar quién sabía más de Valencia y la valencianidad.

Gonzalo Enrique “chichí” Hurtado fue un periodista de altos kilates, quien concibió el deporte como un estilo de vida.

Luego de retirarse de El Carabobeño, sufrió un infarto, posteriormente dos accidentes cerebro vasculares, que le fueron deteriorando la salud. Hace cuatro día le repitió un ACV que le afectó notablemente la respiración por lo que su esposa pidió la colaboración de un bombona de oxígeno, que no pudo llegar porque el destacado periodista murió.

Sobre su muerte José Ramón Linares escribió “Chichi” Hurtado otro valor del periodismo deportivo, que se une a la legión de grandes que están gozando de la dicha eterna, junto a Abelardo Raidi, Jesús Eduardo Lizárraga, Rubén Mijares, Pancho Silvino, Raúl Albert de las grandes enciclopedias del deporte nacional.

Lucio Herrera comentó: “Otro roble del deporte que cae. Excelente periodista deportivo. Jefe de redacción deportiva de los diarios El Universal y El Carabobeño. Fue un gran apoyo nuestro en la creación e inicios del Instituto Municipal del Deporte en Valencia, Indeval, en la década de los 90”.

Los restos de Chichí Hurtado serán cremados en el cementerio Campos de Paz, en San Joaquín, a las 4:00 de la tarde.

MURIÓ CHICHÍ HURTADO

 


LA GESTA DE ANTONIO GÓMEZ En Los Ángeles, California Por Alfonso L. Tusa C.


Desde finales de 1969 y durante la primera mitad de 1970, el rumor de los corrillos boxísticos en Venezuela exaltaba la épica de Alfredo Marcano ante el mexicano Ricardo Arredondo ante quién perdió y ganó dos disputadas decisiones  y ante otro manito: Ray Vega con quien también intercambió victoria y derrota por decisión, los últimos cartuchos de Carlos Morocho Hernández, la seguidilla de triunfos de Vicente Paul Rondón, los enfrentamientos de Betulio González y Félix Márquez, el lamento por el deceso de Cruz Marcano en un accidente automovilístico, pero el matiz de las conversaciones tomaba otro tono cuando hablaban de Antonio Gómez, el púgil cumanés venía en una avanzada incontenible que hacía preguntarse a muchos porque aún no peleaba por la diadema mundial. Algunos decían que tanto el campeón del CMB, Kuniaki Shibata, como el del AMB, Shozo Sayjo, temían enfrentarse a Gómez, sin embargo este seguía subiendo en la clasificación de los pesos pluma.

   Aquella noche del 5 de septiembre de 1970, abuelo como nunca se sentó a ver un programa de variedades musicales conducido por Amador Bendayán  denominado “Sábado Espectacular”. Temprano en la tarde lo había escuchado hablar de un tal Antonio Gómez y de lo que estaba haciendo en Los Angeles, en Estados Unidos. “¡Vamos a ver si es verdad que ha mejorado tanto! Porque las peleas que he visto de él son fastidiosas, si, tiene buena esgrima, pasa golpes, pero no pega duro, le cuesta mucho tumbar a los rivales”. Cuando dieron las nueve y media de la noche, abuelo bostezó y dijo que esa pelea como que iba a ser de madrugada. Luego Amador anunció que ese día iban a despedir el programa un cuarto de hora antes porque había un compromiso deportivo del canal RCTV. Aun pasaron otros veinte minutos de comerciales y los comentarios de Guillermo Vílchez, Miguel Thodee  y Carlos Tovar Bracho. Hablaban de la seguidilla de once victorias desde que había perdido con Gustavo Briceño el 4 de noviembre de 1968.

   En lo que iba de 1970, Antonio Gómez había enfrentado a Gil Noriega el catorce de febrero en el Forum Inglewood de Los Angeles, California, en el programa donde el campeón mundial welter José Ángel Mantequilla Nápoles defendió su título ante Ernie López.  Gómez salió con sus mejores herramientas a boxear y en el séptimo asalto tumbó a Noriega y logró adjudicarse el triunfo por la vía del nocaut. Entonces empezaron a llamarlo “el noqueador de Los Angeles”. El catorce de abril continuó su tráfago hacia lo más alto de la clasificación del peso pluma, entonces enfrentó al mexicano Memo Morales en el Auditorio de Tijuana, México. Morales había vencido al campeón nacional pluma venezolano, Cruz Marcano hacía dos meses (20 de febrero). Gómez salió disparado a castigar a Morales y lo fulminó en tres asaltos con lo cual vengaba a su paisano y seguía ascendiendo. El rumor de una inminente pelea ante cualquiera de los campeones mundiales crecía mucho.

   El 4 de junio regresó a Los Angeles para enfrentar a Antonio Hernández y se fajó con él en diez asaltos que arrojaron como resultado una decisión a favor de Gómez. Eso sirvió la escena para el enfrentamiento ante Fernando Sotelo un púgil de gran desempeño que venía embalado en la categoría pluma. En esa ocasión se disputó por primera vez el campeonato peso pluma del estado de California. Gómez se ganó ese derecho mediante las tres victorias obtenidas en territorio californiano. Durante los primeros asaltos Antonio Gómez se mantuvo estudioso, cauteloso, muy analítico, mientras que Sotelo amenazaba con tomar la iniciativa con sus constantes amagos de jabs al rostro y el plexo solar. Abuelo empezó a lamentarse en su mecedora y hasta amenazó con irse a dormir. “¡Eso es lo que no me gusta de ese boxeador, es muy frío, muy calculador, en el boxeo si te quedas mucho, te dan un trancazo y se acabó la pelea!” Sin embargo de todos los golpes de Sotelo apenas si uno o dos habían llegado a su meta.

   Antonio Gómez avanzaba monótono pero elegante, calculador pero con mucha técnica, cauteloso pero constante. Pronto llevaba a Sotelo contra las cuerdas y allí se fajaba con él y lo mareaba con sus fintas de cintura y sus juegos de piernas además de unos ganchos relampagueantes que se encajaban en las costillas. En algunos pasajes de la pelea Sotelo contrarrestaba a medias y Gómez debía retroceder, no por temor sino para rediseñar su ataque, eso era lo que disgustaba a abuelo: “¿Por qué tiene que ser tan detallista? Él puede rematar ahí y acabar con la pelea de una vez. Le encanta complicarse la vida”. Cada uno de los intercambios de golpes en el medio del cuadrilátero, o sobre las cuerdas, o en las cercanías de las esquinas terminaba con Gómez llenando de impactos el plexo y el rostro de Sotelo. No lo arrollaba, pero tampoco le daba respiro, aquello parecía una película de suspenso con una intriga infinita de cómo y cuando llegaría el desenlace.

   Sotelo de vez en cuando reaccionaba con impactos a la región pectoral que detenía temporalmente a Gómez y lo hacían retroceder como urdiendo otra estrategia, otro camino, otro plan que desconcertara al mexicano. Esos eran los momentos que más exasperaban a abuelo, se levantaba de la mecedora mascullando maldiciones y se iba hasta la cocina. Cuando pensaba que se había olvidado de la pelea, regresó con un vaso de guarapo de piña con papelón y casi se atraganta cuando Gómez acorraló a Sotelo y lo atacó con intensidad hasta que el árbitro debió intervenir. El narrador enmudeció por segundos, solo se escuchaba el ruido de fondo del Forum de Inglewood, abundaban las expresiones de asombro y de apoyo desesperado para que Sotelo se saliera de la esquina. Entonces, como pocas veces se había visto, Antonio Gómez remató con toda la decisión e intensidad hasta despachar a Sotelo contra las cuerdas, el árbitro intervino, pero después las combinaciones de Gómez fueron un vendaval hasta el nocaut.

Alfonso L. Tusa C.© 13 de junio de 2020

 

domingo, 13 de septiembre de 2020

Mike McCormick Recuerda como era el Beisbol en los años 1950s y 1960s./ Traducción Alfonso Tusa


  El antiguo ganador del premio Cy Young cataloga a Roberto Clemente como el “out más difícil” y a Hank Aaron como el “bateador más puro”.


Herb Fagen. Baseball Digest. July 1998. Pp 64 – 72.





  Ubicado orgullosamente en la sala del hogar de Mike McCormick en Sunnyvale, California, está un trofeo Cy Young de la Liga Nacional. Aún así, el antiguo zurdo de los Gigantes de San Francisco, quien ganó ese premio en 1967, siente que tuvo mejores años que ese en el montículo.

   “Cuando miro mi carrera soy el primero en reconocer que el año del Cy Young no fue mi mejor año. Fue un buen año. Pero tuve dos o tres años cuando tuve marca perdedora que lancé mejor. No conseguí el triunfo, o el relevista no salvó el juego. No hacían las jugadas cuando las necesitaba. Hay muchas cosas que no puedes controlar. Lo sé. Los fanáticos no necesariamente lo saben. Y las marcas no lo muestran”.

   La carrera beisbolística de McCormick es interesante e inusual. Un fenómeno en la escuela secundaria en su lar nativo del sur de California, debutó en las mayores cuando solo tenía 17 años de edad en 1960, a los 20 años ganó el título de efectividad de la Liga Nacional y a los 21 ya había lanzado en dos juegos de estrellas. Algunas personas de beisbol empezaban a llamarlo el nuevo Warren Spahn.

   Entonces una serie de lesiones detuvo su meteórica carrera con los Gigantes. Al haber acumulado 54  victorias para cuando tenía 23 años de edad, los Gigantes sintieron que ya lo había dado todo, y en 1963 lo cambiaron a lo Orioles de Baltimore. En cuatro temporadas con los Orioles y los Senadores de Washington, ganó solo 24 juegos. Regresó a los Gigantes en 1967, y en una de las mejores temporadas de regreso, capturó el premio Cy Young de la Liga Nacional al liderar al viejo circuito con marca de 22-10.

  McCormick nació en Pasadena, California, el 29 de septiembre de 1938, y creció en Alhambra donde se convirtió en uno de los atletas más destacados del estado en la escuela secundaria.

  “No estoy seguro de recordar exactamente mi marca en la secundaria, porque eso ocurrió hace mucho tiempo. Pero si tuviese que escoger un número diría que fue algo como 40-2. Creo que todavía mantengo varios records de pitcheo en el sur de California, aun después de todos estos años. En un juego de playoff ponché 26 de 27 bateadores. El hecho de que ahora los pitchers no juegan los nueve innings, hace muy difícil que rompan ese record”.

   Originalmente, los dos equipos que mostraron más interés en McCormick fueron los Piratas de Pittsburgh y los Yanquis de Nueva York. Era tan buen lanzador que su entrenador de secundaria le consiguió la oportunidad de lanzar la práctica de bateo de los Hollywood Stars, el equipo filial AAA de los Piratas en la Pacific Coast League.

   En Nueva York fueron los campeones mundiales, los Yanquis quienes estuvieron interesados inicialmente en McCormick y no los Gigantes. Todo se detuvo porque como los Yanquis eran los perennes campeones mundiales, rechazaban hablar de bonos con los jugadores jóvenes de gran potencial.

  “Los Yanquis no le ofrecían bonos a nadie en aquellos días. Eran los Yanquis de antaño, y sentían que era un gran prestigio pertenecer a su organización, por eso no tenían que darle dinero a los jóvenes. Así que no tomé en serio esa oferta porque si no había bono, tenía la oportunidad de ir a la universidad con una beca”.

  En agosto de 1956, dos meses después de graduarse en la secundaria, McCormick firmó con los Gigantes de Nueva York. “Ni siquiera tenía la mayoría de edad en ese momento, mi papá tuvo que firmar por mí”, recuerda.

  Ocurrió que fue escogido para representar a la ciudad de Los Angeles en el juego de estrellas Hearst. Su compañero de cuarto en ese juego fue un adolescente de Georgia llamado Ron Fairly. El juego se efectuó en Polo Grounds y McCormick fue seleccionado jugador más valioso. Los Gigantes lo vieron jugar y les gustó lo que observaron. Dos semanas después le hicieron una oferta y él se unió al equipo.

   El día del trabajo de 1956, McCormick de 17 años lanzó su primer juego de grandes ligas ante los Filis de Filadelfia.

  Entré a relevar un inning. Le lancé a Del Ennis, Jim Greengrass y Stan Lopata. Nunca olvidaré eso. Todos batearon roletazos a segunda base. Lanzaba una recta retadora. Cuando andaba bien, los bateadores derechos bateaban muchos roletazos hacia mi en el montículo o por segunda base. Era lunes. El manager Bill Rigney me dijo: “Hijo vas a abrir el juego del miércoles por la noche contra los Filis”.

  “Quince minutos antes del juego me dijo: ‘Aquí tienes la pelota ¡Calienta!’ Yo estaba muy nervioso. Pienso que lancé tres o cuatro innings y concedí cinco boletos. No perdí. No sé si perdimos ese juego. Pero no fue exactamente un emocionante primer juego el que lancé.

  McCormick lanzó en tres juegos para los Gigantes en 1956. Tuvo dos aperturas, lanzó seis innings y dejó marca de 0-1.

  El año siguiente, 1957, fue la última temporada de los Gigantes en Nueva York. McCormick apareció en 24 juegos. Inició cinco juegos para una marca de 3-1. Sus tres triunfos permanecen como el tope para un pitcher de 18 años de edad en la historia de la Liga Nacional. Bob Feller, quien ganó nueve juegos para los Indios de Cleveland con 18 años de edad en 1937, tiene la marca de las grandes ligas.

   Los Gigantes de 1957 fueron dirigidos por Bill Rigney y terminaron sextos con marca de 69-85. Era un equipo de veteranos con poco poder. Willie Mays comandó la ofensiva con .333 de promedio al bate, 35 jonrones y 97 carreras empujadas. La única otra amenaza ofensiva de esa temporada fue Hank Sauer, de 40 años de edad, quien ganó los honores del premio regreso del año en la Liga Nacional al despachar 26 cuadrangulares y empujar 76 carreras en 378 turnos al bate.

   “Uno de mis grandes disgustos de ese año fue que tuvimos asistencias muy pobres”, recuerda McCormick. “Había juegos cuando te sentabas en el dugout y sentías que podías contar a los asistentes. Cuando anunciaron que el equipo se iba, la asistencia se derrumbó. La excepción ocurría cuando jugábamos ante los Dodgers. Recibí el cambio con los brazos abiertos. Porque eso significaba que iba de regreso a casa. Aunque no a Los Angeles, estaba regresando a  California”.

   Las cosas también cambiaron para los Gigantes. Jóvenes jugadores como Orlando Cepeda, Willie Kirkland, Felipe Alou, Jim Davenport y Leon Wagner, llegaron al equipo en 1958. McCormick estaba en una rotación de abridores que incluía a Johnny Antonelli, Rubén Gómez y Al Worthington. McCormick inició 28 juegos. Su marca de 11-8 incluyó dos blanqueos. Esa temporada los Gigantes mejoraron a 84-70, al terminar terceros detrás de los Bravos de Milwaukee y los Piratas de Pittsburgh.

  “Jugamos en Seals Stadium los dos primeros años”. Recordó McCormick. “San Francisco dio una gran bienvenida a los Gigantes. El primer día hubo un desfile. Fue el desfile más grande desde el fin de la segunda guerra mundial, con serpentinas y confetti. Había una gran diferencia respecto a la atmósfera de Nueva York. Nunca vi a Nueva York en sus mejores días. Pero esto era emocionante. Era un equipo nuevo. Era una ciudad nueva. Teníamos el estadio lleno casi todos los días”.

  En 1959 McCormick apareció en 47 juegos con marca de 12-16. Se redondeó el mejor cuerpo de pitcheo que los Gigantes habían tenido desde los días de Sal Maglie y Larry Jansen en 1951. La rotación incluía a Sam Jones (21-15), Johnny Antonelli (19-10) y Jack Sanford (15-12).  Solo McCormick, el relevista Stu Miller y Willie Mays sobrevivían del equipo que salió de Nueva York en 1957.

   Lo gigantes finalizaron terceros en 1959 con marca de 83-71. Batallaron todo el año. Los Bravos de Milwaukee y los Dodgers de Los Angeles igualaron al final de la temporada con marca idéntica de 86-68. Los Dodgers se apoderaron del banderín de la Liga Nacional al vencer en los dos primeros juegos del playoff postemporada.

   El año de 1959 también significó la llegada de Willie McCovey al uniforme de los Gigantes de San Francisco. Participó en 52 juegos, en 192 turnos al bate conectó para promedio de .354 con 13 jonrones y 38 carreras empujadas. Fue nombrado novato del año de la Liga Nacional, el mismo premio que había ganado su compañero Orlando Cepeda en 1958.

  “Fui el pitcher en el primer juego de Willie McCovey con los Gigantes”, recuerda McCormick. “Ahí bateó de 4-4 ante Robin Roberts y yo me apunté el triunfo en trabajo de nueve innings”.

 Los Gigantes estaban llenos de talento, gran talento beisbolero. Pero en cuanto a habilidad, nadie se le acercaba a Mays, insiste McCormick.

   “No siento otra cosa sino admiración por Willie Mays. Willie siempre jugaba cuando yo lanzaba. Él participaba en juegos diurnos luego de haber jugado la noche anterior, hasta cuando mi carrera estaba bien  avanzada. Yo tenía mucho respeto por sus habilidades. Aún así, él no era un líder en el estilo del capitán del equipo. Willie era un tipo muy tranquilo. Pero en cuanto a talento natural, era el mejor día tras día”.

   En 1960, los Gigantes tuvieron nuevo hogar y nuevo manager. El equipo se mudó a Candlestick Park y Alvin Dark sustituyó a Bill Rigney en la dirigencia. Eso también marcó la verdadera madurez de McCormick como pitcher de grandes ligas. Jack Sanford y Billy O’Dell cayeron por debajo de .500 ese año, y Sam Jones lideró el cuerpo de lanzadores con 18 triunfos. Pero fue McCormick quien surgió como el lanzador principal de los Gigantes en 1960. El zurdo de 21 años de edad fue seleccionado para participar en el juego de estrellas con el equipo de la Liga Nacional.  Tuvo marca de 15-12, con 154 ponches y una efectividad de 2.70 que lideró la liga.

   “Candlestick era un estadio terrible”, recuerda él. “Pero me gustaba lanzar ahí, porque siempre estaba frío y nunca te cansabas. Durante el día, era desventajoso para los bateadores. No tenían un buen trasfondo (backdrop) en el  jardín central. Plantaron aquellos árboles que se iban a tomar como cincuenta años en crecer para tener un buen trasfondo. Oi quejarse a muchos bateadores. Mays y algunos de esos bateadores conectaban pelotas hacia el jardín izquierdo que debieron ser jonrones pero el viento mantenía la pelota dentro del parque. No me gustaba ver los juegos ahí, pero adoraba pitchear en Candlestick”.

   McCormick tuvo en buen año en 1961. Su marca de 13-16 no refleja la verdadera historia. Ponchó su tope de bateadores con 164, lanzó tres blanqueos, y tuvo efectividad de 3.20. Fue seleccionado para el juego de estrellas por segundo año corrido. A los 22 años de edad ya había alcanzado los cincuenta triunfos en grandes ligas, una marca de la liga que luego fue rota por Dwight Gooden.

  Lo mejor aún estaba por venir, o al menos así parecía. Era un brillante pitcher de grandes ligas, un zurdo de control consistente. Tenía una buena recta viva, y una buena curva. Más aún, solo en talento, los Gigantes eran clase aparte en la liga, una unidad ofensiva extraordinaria, con buena defensa y buen pitcheo.

   En 1962 los Gigantes y los Dodgers terminaron el año con marcas idénticas de 101 triunfos y 61 derrotas. Por segunda vez en cuatro años el título de la Liga Nacional fue decidió en una playoff postemporada de tres juegos. Esta vez los Giganteas vencieron a los Dodgers  en el playoff y batallaron hasta el último out del séptimo juego de la Serie Mundial antes de caer ante los Yanquis.

  Pero para McCormick, la temporada de 1962 estuvo afectada por el dolor y la tristeza. Un dolor en el brazo de lanzar limitó su tiempo de juego. Lanzó solo 98.2 innings con marca de 5-5. Su efectividad se disparó hasta 5.19.

   “Desde 1958 hasta 1961 había sido el pitcher número uno o dos”, recuerda él. “Y de pronto te das cuenta que no eres parte de esa temporada ganadora. Fue una situación dura. Fui parte de eso. Pero no una parte regular”.

  “En realidad me lastimé el brazo durante la temporada de 1961.  Estaba empezando a tener problemas con los hombros. Pero eso ocurrió en medio de la temporada, mi brazo estaba en buena forma y fui capaz de lanzar así. El receso entre 1961 y 1962 me lastimó. No ejercitábamos el brazo entre temporadas. Cuando llegué al entrenamiento primaveral no pude librarme de eso. Cualquier daño que me hubiese hecho era un hindrance. Fue el disgusto más grande de mi carrera”.

  Aún así, el se las arregló para participar de la emoción y consiguió lanzar en el playoff.

    “No había lanzado mucho en septiembre, así que el manager Alvin Dark me trae a lanzar en el segundo juego. Era el cierre del noveno inning, un out, y Maury Wills en tercera base. Es el turno de Ron Fairly y lo pongo en dos strikes. Usualmente no lanzaba sliders pero mi brazo estaba tan mal que intenté lanzar uno. Fairly batea un elevado corto al centro. Mays no hizo su tiro típico. Probablemente porque Wills era el corredor. Mays apresuró su disparo y este fue desviado. Esa fue la carrera ganadora y la serie se igualó a un juego. Hice lo que debía. Pero no funcionó”.

  El brazo de McCormick estaba dañado y los Gigantes hicieron poco por tratarlo apropiadamente. “No tuve asistencia médica de los Gigantes durante el año. El equipo me envió a tomarme la placa de rayos X y el resultado fue negativo. Esa fue la última vez que un médico me vio. Esa fue la última atención que tuve del equipo. Billy Pierce lo estaba haciendo muy bien, igual que Juan Marichal. Jack Sanford estaba teniendo un gran año. Así que pienso que su actitud era, ‘¿por qué deberíamos preocuparnos por este tipo?’ Por supuesto, en aquel tiempo no había cirugía ortopédica”.

  En 1963, los Gigantes enviaron a Mike McCormick, Stu Miller y el cátcher John Orsino a los Orioles de Baltimore, a cambio de los pitchers Jack Fisher y Billy Hoeft además del cátcher Jimmy Coker. El propio McCormick admite que fue un relleno. De verdad pensaba que su carrera había terminado. Sin embargo, de alguna manera el cambio era una bendición. Los Orioles inmediatamente lo enviaron al Johns Hopkins donde le suministraron inyecciones de cortisona. Algo que los Gigantes no habían considerado necesario.

   “Todavía no estaba al cien porciento. Así que mi primer año en Baltimore fue más o menos para el olvido. Tuve algunos juegos buenos y otros tantos malos. Pero el hombro todavía me molestaba”, dice McCormick.

  En dos temporadas con los Orioles, McCormick tuvo marca acumulada de 6-10. Entonces en el entrenamiento primaveral de 1965 fue cambiado a los Senadores de Washington. Las cosas empezaron a cambiar lentamente. Tiene memorias agradables de sus dos años con los Senadores, y cálidas palabras para su manager Gil Hodges.

   “Gil fue un buen manager. Una de las cosas que me gustaban de él era que era un buen disciplinario, era muy estricto con las reglas. Si tenías que estar en el terreno a las cinco en punto, mas te valía no llegar a las 5:01. Podías decir que eso era petty, pero él era así con todos”.

 “Nos llamábamos ‘The Nasty Nats’. Bromeábamos acerca de ser un grupo de misfits. Teníamos tipos como Don Zimmer, Frank Howard, Dick Nen, Phil Ortega, una cantidad de exDodgers. Era un equipo divertido. Ciertamente no éramos contendores, pero éramos competitivos”.

  McCormick agregó un nuevo pitcheo a su repertorio con los Senadores. George Susce, el antíguo cátcher de grandes ligas, y coach por mucho tiempo, le enseñó a lanzar el screwball.

   “Siempre tuve buen control, y cambiaba bien las velocidades. Siempre tuve una buena curva. No tienes que lanzar strikes para ganar, pero tienes que ser capaz de lanzar strikes. Hay que recordar que los bateadores son muy ansiosos. No les gusta tomar boletos. Le hacen swing a muchos envíos malos. Pero si se está en cuenta de 3 y 1 o 3 y nada, entonces hay que ser capaz de lanzar strikes”.

   McCormick se unió a la rotación de abridores de los Senadores ocupantes del octavo lugar. Allí también lanzó algo de buena pelota. En 1965 tuvo marca de 8-8 con 3.36 de efectividad. En 1966, lanzó 216 innings con marca de 11-14 y 3.46 de efectividad.

   En 1967, McCormick fue enviado de vuelta a los Gigantes, quienes lo consideraban un presumible quinto abridor, un pitcher utilitario que podía asumir labores de relevo largo o corto. Lo que no imaginaban de haber obtenido a tan bajo precio, era a un ganador del premio Cy Young. “Los Gigantes querían mi experiencia. Esa era la razón exacta por la cual me querían de vuelta”, declaró McCormick.

   Pero el destino intervino. Los Gigantes jugaban un doble-juego en Cincinnati a principios de temporada. McCormick perdió el segundo juego. Aún así, él lanzó bien. El 6 de junio, su marca era de 3-4, trabajaba como abridor ocasional y relevista. Lo que ocurrió a continuación, él nunca lo olvidará.

  “Fuimos a Houston y o Bob Bolin o Gaylord Perry, no recuerdo exactamente quien, tuvo que perder una apertura. Así que el manager Herman Franks me dijo, ‘Mike, quiero que hagas esta apertura’. Le dije ‘Bien’. Lancé nueve innings en el Astrodomo y gané. Eso me permitió hacer otra apertura”.

  “Gané 11 juegos seguidos. Pasé de tener marca de 3-4 a hacer lo que suponía que hiciera. Debido a que alguien perdió su apertura, ahora no podían sacarme de la rotación. Terminé ganando 22 juegos e igualé a Jim Lonborg de Boston y Earl Wilson de Detroit como los pitchers más ganadores de esa temporada en las mayores”.

  McCormick tuvo marca de 22-10 en 1967 con 2.85 de efectividad. Completó 14 de 35 aperturas, lanzó cinco blanqueos, tres contra los campeones mundiales Cardenales de San Luis, y ponchó 150 bateadores. McCormick y Ferguson Jenkins fueron los únicos pitchers de la Liga Nacional que ganaron 20 juegos esa temporada. Cuando se hizo el escrutinio final, el ganó 18 de 20 votos de primer lugar para el trofeo Cy Young. Jenkins y Jim Bunning recibieron un voto cada uno. También recibió 73 votos y terminó sexto en la votación del jugador más valioso.

  Tuvo la distinción de lanzar al lado de Juan Marichal, uno de los verdaderos grandes del juego. Que Marichal nunca ganase el premio Cy Young, a pesar de una carrera de Salón de la Fama con seis temporadas de 20 triunfos, y tres años con 25 victorias o más, habla del alto nivel de pitcheo que había entonces.

   Los Gigantes terminaron en segundo lugar en 1967, con marca de 91-71. Esa fue la tercera temporada seguida que el equipo terminaba en la segunda posición. Herman Franks enfrentaba un gran dilema: ¿Quien debería ser el pitcher abridor de los Gigantes en el juego inaugural en la temporada de 1968, su zurdo ganador del Cy Young o Marichal su derecho superestrella cuya marca había decaído a 14-10 en 1967?

   “El año siguiente (1968), estoy en los jardines”, recuerda McCormick. “Herman se acerca trotando y dice. ‘No tienes problemas si pongo a Marichal a iniciar el juego inaugural ¿o si?’ Le dije que me estaba preguntando, que él era el manager. Dijo que no quería que Juan se quejara. En verdad, esa era la última cosa que Juan haría. Así que Marichal abrió y ganó 14-1 o un marcador tan ridículo como ese. Abrí el juego siguiente y perdí 2-1 en once innings. Lancé el juego completo. Eso fijó el tono de ese año. Juan ganó 26 juegos en 1968”.

  McCormick tuvo marca de 12-14 (3.58 de efectividad) con los Gigantes una vez más segundos de la Liga Nacional en 1968. En el primer año de juego divisional, 1969, McCormick tuvo marca de 11-9 (3.34 de efectividad) mientras los Gigantes terminaban segundos de los Bravos de Atlanta en el oeste de la Liga Nacional.

   Pero de nuevo las lesiones empezaron a pasar factura. “Empecé a tener problemas con la espalda en 1969. Eso empeoró progresivamente. En 1971 me tuve que someter a una cirugía en la espalda. Salí bien de la cirugía, y fui invitado al entrenamiento primaveral. En mi opinión personal, debí haber hecho el equipo. Pero en realidad, estaba seguro de que los Gigantes estaban pendientes de una palabra ‘liability’. Y había una gran ‘liability’, tener que pagar el contrato de trabajo si yo me volvía a lesionar. Entendí eso. Hubo un acuerdo que decía que si ellos no se manifestaban en cierto tiempo, yo renunciaría. Me despidieron”.

   McCormick terminó su carrera de grandes ligas lanzando diez innings para los Reales de Kansas City en 1971. Se retiró del beisbol con marca de 134 victorias, 128 derrotas y un porcentaje de juegos ganados de .511. Lanzó 23 blanqueos y 91 juegos completos. El prodigio adolescente de finales de los años 1950s, el único pitcher en la historia de la Liga Nacional en conseguir 3 triunfos a la edad de 18 años, el joven zurdo que ganó el título de efectividad a la edad de 21 años, y un premio Cy Young para regresar a la palestra a los 29 años de edad, fue forzado a retirarse a la relativa joven edad de 33 años.

   Mirando los años en retrospectiva, él considera a Roberto Clemente el out más difícil y a Hank Aaron el bateador más puro. “Clemente era muy poco ortodoxo. No tenía zona de strike, podía irse de 5-0 con pitcheos por todo el medio del plato y luego batearme de 5-5, conectando mi mejor pitcheo en la esquina inferior externa. Los tipos que me dieron más dificultades fueron esos pequeños bateadores como Dick Groat. Tuve más problemas con ellos que con los jonroneros”.

  “Debí haber caminado a Aaron más de lo que lo hice. Me lastimaba con los jonrones, no con su promedio de bateo. Mi punto es que el tipo que bateaba detrás de él, Joe Adcock, no me podía batear ni con una raqueta de tennis. Yo lo sabía. Adcock lo sabía. No puedo decir porque. Solo hay tipos así. Pero mi naturaleza competitiva nunca me dejaba caminar a Aaron”.

   Al comentar sobre pitcheo y pitchers, él coloca a Sandy Koufax y Juan Marichal como los mejores de su época.

   “Vi a Sandy lanzar cuando quería renunciar. Estaba muy disgustado con su control. Una noche en el Coliseo, detrás del plato, me dijo que iba a abandonar, que no podía soportar la presión. Había tratado y tratado y nada funcionaba. Entonces en un receso entre temporadas, todo encajó. Todavía comparo a Marichal con él. Al ver a Juan lanzar 40 veces por temporada, tengo que decir que fue el mejor que vi en mi carrera”.

   También rinde homenaje a un par de lanzadores que lo impresionaron mucho. . Warren Spahn y Lew Burdette.

   “Tipos como Spahn y Burdette eran verdaderos maestros. Podían hacer muchas cosas con la pelota”.

   Al haber lanzado durante una época cuando el gran pitcheo estaba en la palestra, está desconsolado por el nivel del pitcheo de hoy.

   “Pienso que hay dos cosas que han matado al pitcheo: Una es la pistola de radar. Se toman decisiones basadas en cuan duro lanzan las personas. Ya no se lanza más con inteligencia, y eso es debido a la pistola. Si un tipo lanza a 83 millas por hora y hace out a todo el mundo, ellos dicen que no está lanzando lo suficientemente duro”.

   “La otra es el entrenamiento con pesas. Pienso que la mejor forma para que un pitcher fortalezca su brazo es lanzar. Estos tipos desarrollan sus músculos y estos se hacen rígidos. Ahora tienen más lesiones de las que nunca tuvieron. Ahora nunca se ve a los jóvenes lanzadores lanzar pelotas con los jardineros”.

   Acerca de cómo mejorar el juego de hoy, él ofrece un par de remedios sensibles. “Buscaría una manera para disminuir la libre agencia. Y me alejaría de los contratos de larga duración. No más de dos años como máximo”.

   Traducción: Alfonso L. Tusa C. 23 de junio de 2020.

 

Leo Messi seguirá reforzando la marca Barcelona Por Agencia EFE publicado en Meridiano

 La continuidad de Leo Messi en el Barcelona no solo beneficia al propio club y a sus aficionados, que podrán seguir disfrutando del jugador argentino durante por lo menos una temporada, sino que también es un alivio para marcas asociadas estrechamente con esta estrella mundial como lo son Barcelona y Cataluña.



"La vinculación de una figura reconocida como Messi con el Barcelona estamos convencidos de que tiene un efecto multiplicador sobre la proyección de marca de la ciudad de Barcelona y, por lo tanto, también de Cataluña", explica a EFE Ana Bastida, gerente de marca de turismo deportivo de la Agencia Catalana de Turismo (ACT).


"El Barcelona hace un papel de embajador de Cataluña en el mundo y, por esto, desde la Agencia Catalana de Turismo compartimos con la entidad un acuerdo de partenariado desde 2012 con el objetivo de promover la destinación turística en los mercados internacionales", añade.

Con esta intención, durante los últimos años la ACT también se ha unido con deportistas como Gerard Piqué, Carles Puyol, Ricky Rubio, Mireia Belmonte, Edurne Pasabán o Kilian Jornet.

"Está claro que muchos turistas vienen a Barcelona con el propósito principal de poder ver un partido del Barça y, en concreto, para ver a jugar a Messi, uno de los mejores deportistas de todos los tiempos", considera Nicole Kalemba, doctora en economía y empresa y profesora de la UPF Barcelona School of Management especializada en turismo deportivo.

Antes de la pandemia del coronavirus, el Barcelona aportaba el 8% del turismo de la ciudad de Barcelona y el Experience Tour, que incluye la visita al Camp Nou y al museo del club azulgrana, tenía más de dos millones de visitantes anuales.

"Sin duda, gracias a Messi el turismo local se ha visto potenciado durante los últimos años e incluso Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, dijo que es un icono inseparable de Barcelona y del Barça", sigue explicando Kalemba. Además, Colau pidió al club azulgrana que hiciera "todo lo posible" para que no se fuera.

También Quim Torra, el presidente de la Generalitat de Catalunya, se pronunció respecto al deseo del jugador argentino de marcharse del Barcelona. Lo hizo con un tuit en el que dio por hecha su salida y agradeció todo lo que había aportado a Cataluña, recordando que en 2019 se le otorgó la Creu de Sant Jordi, una de las distinciones más prestigiosas.

Kalemba es contundente: "La salida de Messi hubiese tenido un grave impacto para Barcelona como destino turístico y muchas otras áreas de negocio se hubiesen visto afectadas. Es uno de sus principales embajadores en el mundo, igual que para Cataluña. Las personas de otros lugares del mundo vinculan estas marcas turísticas con Messi".

Su argumentación es que "desde hace tiempo Barcelona está vinculando su imagen con el club azulgrana y a nivel mundial la ciudad ha obtenido buena parte de su notoriedad gracias a su relación con el Barça y, sin duda, con Messi. En este sentido, el mercado europeo evidentemente es importante, pero aún lo son más los mercados como Asia, Oriente Próximo o Estados Unidos".

Y añade que "la presencia de Messi, un jugador que ha desarrollado toda su carrera profesional en el Barça, ayudó mucho a Barcelona y a Cataluña como marcas y a generar demanda como destinos turísticos".

Además, Kalemba considera que el Barcelona ha sabido explotar como club la atracción que ha suscitado a los turistas durante los años gloriosos a nivel deportivo previos a la crisis actual. El causante ha sido el programa 'Seient Lliure' (Asiento Libre), con el cual los abonados del Camp Nou pueden liberar su asiento en caso de no asistir al partido para que lo pueda ocupar otro espectador mediante la compra de una entrada el beneficio económico de la cual se reparte entre el abonado y el club.

"La media de asientos por partido que se destinaban a turistas antes del coronavirus era de 25.000 y cada uno de estos turistas pagaba entre 200 y 300 euros por entrada", dice la profesora de la UPF Barcelona School of Management. "Sin Messi, muchos de estos turistas deportivos no vendrían en el futuro y esto también tendría un impacto negativo para Barcelona".

De todas maneras, el turismo barcelonés actualmente se encuentra ante una situación mucho peor que la marcha de Messi: la pandemia del coronavirus.

Esto comporta que la recomendación de Kalemba a Barcelona sea que "aproveche la oportunidad para reposicionarse como marca, y más en momentos como ahora, en los que parece que el proyecto del Barça necesita su tiempo para volver a ser lo que fue hace un tiempo". / EFE