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sábado, 21 de noviembre de 2020

El Atlético de Madrid venció 1-0 al Barcelona

El Atlético declara

el régimen del terror

El Atlético de Madrid venció 1-0 al Barcelona gracias a un gol de Carrasco, que aprovechó un error de Ter Stegen, para presentar su candidatura a llevarse el título de la Liga Santander


 

El Atlético de Madrid se llevó los tres puntos al imponerse 1-0 al Barcelona con un gol de Carrasco y lograr así la primera victoria de la era Simeone frente a los culés en la Liga Santander. Los rojiblancos, con esta victoria, presentan su candidatura a campeonar este curso, aunque seguirán fieles a su filosofía de ir partido a partido. Los hombres del Cholo están desplegando un fútbol magnífico y ya comienzan a sembrar el terror en sus rivales, como el terror que ya se ha instaurado en Can Barça tras los continuos pinchazos y el culebrón Messi-Griezmann que están viviendo.

Jornada 10 de la Liga Santander y tocaba uno de los grandes Clásicos de la competición. Dos de los equipos más grandes de España se medían en un partido en el que las dinámicas eran bien diferentes. Los colchoneros, con la ilusión de volver a firmar otro año como aquel 2014 del que salió campeón. Los azulgranas, con la necesidad de ganar para seguir reenganchándose a la parte alta de la tabla después de varios pinchazos en lo que va de temporada. Y sobre el césped, un Joao Félix al que le sale todo frente a un Messi ‘cansado’ y un Griezmann que no es ni la sombra de lo que fue cuando defendió el escudo del Atlético de Madrid. Bastantes alicientes había pese a la ausencia por coronavirus de Luis Suárez o que el Cholo nunca haya ganado en Liga al Barça.

Para tratar de llevarse los tres puntos ambos conjuntos salieron con lo esperado. El Cholo contó con Oblak; Trippier, Giménez, Savic, Hermoso; Saúl, Koke, Correa, Carrasco; Llorente y Joao Félix. Para intentar asaltar el Metropolitano Ronald Koeman también salió con la artillería pesada: Ter Stegen; Sergi Roberto, Piqué, Lenglet, Jordi Alba; Pjanic, De Jong; Messi, Pedri, Dembélé; Griezmann. En definitiva, dos equipazos que quiere salir campeones este año y para ello hay que ganar este tipo de partidos. Ya sólo faltaba que rodase el balón para ver quién salía vencedor de esta batalla.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

OLÍMPICO DICTADOR Jesús Elorza

 

Ver a las estrellas del deporte olímpico arrestadas y condenadas a prisión por expresar su opinión sobre el gobierno nacional de su país sería surrealista para los fanáticos del deporte en la mayoría de las naciones. Pero en el pequeño país de Europa del Este de Bielorrusia, este escenario ha sido parte de la vida diaria durante más de dos meses.

Para hacer el escenario aún más surrealista, los arrestos de los atletas son ordenados por el presidente del Comité Olímpico Nacional (CON) de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, quien también resulta ser el presidente de Bielorrusia contra quien los atletas y miles de otros manifestantes. están luchando.

Hasta el momento, diez atletas bielorrusos, incluido el ícono nacional del baloncesto olímpico Yelena Leuchanka, han sido condenados a hasta 15 días de prisión por participar en protestas callejeras pacíficas contra el presidente Lukashenko, quien ha sido acusado de fraude electoral desde agosto, cuando fue reelegido para un cargo. sexto mandato como presidente del país.

Según la Fundación de Solidaridad Deportiva Bielorrusa, al menos otros veinte atletas en el país han sido excluidos de sus equipos nacionales, perdieron su apoyo financiero del estado o fueron expulsados de sus clubes deportivos patrocinados por el estado por usar su libertad de expresión para criticar el gobierno de Lukashenko, ampliamente etiquetado como "el último dictador de Europa".

A pesar de la incertidumbre de sus futuras carreras, los deportistas bielorrusos están decididos a seguir protestando hasta que el régimen de Lukashenko sea historia, dice Aliaksandra Herasimenia, nadadora bielorrusa, triple medallista olímpica y directora de la Fundación Bielorrusa de Solidaridad Deportiva. Más de 900 atletas, entrenadores y dirigentes deportivos bielorrusos han firmado una carta abierta en la que exigen una nueva elección. Como Lukashenko durante décadas ha hecho del deporte una piedra angular de su propaganda personal y política, es un duro golpe para su prestigio que tantos héroes deportivos nacionales se vuelvan contra él.

Desde su exilio en Vilnius, la capital de Lituania, Aliaksandra Herasimenia ahora está tratando de convencer al Comité Olímpico Internacional (COI), a los Comités Olímpicos Nacionales y a las Federaciones  Deportivas internacionales  de la necesidad de apoyo a la lucha por la Democracia que hoy libran los atletas bielorrusos al lado de su pueblo. 

El apoyo del Comité Olímpico Internacional (COI)puede que no sea una tarea fácil. Porque esa organismo al que Aliaksandra Herasimenia y las Fundación Bielorrusas de Solidaridad Deportiva han acudido en busca de ayuda es el mismo COI que durante décadas ha sido leal al presidente que los atletas intentan derrocar a través de elecciones libres y democráticas.

El dilema bielorruso del COI se remonta a mayo de 1997, cuando el COI aceptó que el presidente Lukashenko asumiera el control político del deporte olímpico en la ex república de la Unión Soviética.

Tres años después de ser elegido presidente de Bielorrusia, el ex oficial de la KGB (policía secreta estatal) del Ejército Rojo se colocó en el cargo de jefe del Comité Olímpico Nacional de la República de Bielorrusia.

Durante más de 23 años, el COI no ha hecho nada para evitar que el presidente bielorruso utilice su posición olímpica como herramienta para permanecer en el poder político; los últimos dos años con el apoyo de su hijo mayor, Víctor Lukashenko, como primer vicepresidente del Comité Olímpico Bielorruso.

La duradera lealtad olímpica a Lukashenko en su doble función como jefe de estado y jefe de deportes en Bielorrusia ha demostrado, una vez mas, el silencio cómplice de las autoridades olímpicas frente a los regímenes dictatoriales. 

Frente al llamado de solidaridad de la Federación de Deportistas Bielorrusos cabe preguntar cuál es o será la posición del Comité Olímpico Venezolano. ¿Al lado de los Deportistas o del dictador?


jueves, 12 de noviembre de 2020

Adiós al Pitcher como Bateador Regular de la Alineación. por Alfonso L. Tusa C. 26 de octubre de 2020. ©

   

Uno de los últimos de esos episodios mostró a Noah Syndergaard despachando un vuelacercas contra los Rojos de Cincinnati el 2 de mayo de 2019, cuando los escarlata visitaron a los Mets en Citi Field. Syndergaard ganó ese juego 1-0 y lanzó completo



De acuerdo a aquellos quienes apoyan la tesis de la supuesta evolución del juego relacionada al enfoque cada vez más especializado para cada aspecto del beisbol, el paso que dio la oficina del comisionado en esta temporada condensada de 2020 de habilitar el uso regular del bateador designado en la Liga Nacional, representa el hecho que han estado esperando por tanto tiempo para nivelar la “competitividad” entre las dos ligas mayores. En mi opinión muy personal, no veo evolución en la mayoría de los cambios que la oficina del comisionado ha estado haciendo durante los últimos cincuenta y dos años, porque la mayoría de ellos tienden a hacer el beisbol más predecible, aburrido y vacío. Por ejemplo, el bateador designado además de privar al pitcher de batear y al juego de una buena parte de su estrategia, promueve el establecimiento formal de los peloteros unidimensionales, ni siquiera necesitan trabajar sus habilidades defensivas porque son bateadores designados regulares.

   El uso experimental del bateador designado en la Liga Nacional significa que el juego formalmente sería diferente al original, en todas sus versiones. La primera señal de cuan grande es el daño que esta regla inflige al juego titila en el tráfago de todos esos juegos donde los pitchers no solo fueron esenciales desde el montículo sino desde el cajón de bateo. Uno de los últimos de esos episodios mostró a Noah Syndergaard despachando un vuelacercas contra los Rojos de Cincinnati el 2 de mayo de 2019, cuando los escarlata visitaron a los Mets en Citi Field. Syndergaard ganó ese juego 1-0 y lanzó completo, un hecho muy raro por estos días, debido a los conteos de lanzamientos que limitan la presencia del pitcher abridor en el juego. Ese logro permitió a Syndergaard unirse a un grupo muy especial de lanzadores: los que lanzaron un blanqueo y ganaron 1-0, y la única carrera fue un jonrón bateado por el pitcher. Harry McCormick, Tom Hughes, Gene Packard, Red Ruffing, Spud Chandler, Early Wynn, Jim Bunning, Juan Pizarro, Bob Welch.

   La reflexión de como el bateo del pitcher determina la dinámica, la cinética que ha definido el alma del beisbol como un deporte muy competitivo sin importar su lentitud regresa una y otra vez. Esto es algo que ha rebotado en mi mente desde aquella tarde de 1973 cuando Ron Blomberg se convirtió en el primer bateador designado en la historia del beisbol. Para mí se sintió como si un hueso importante se hubiese roto en el esqueleto del beisbol. Cuando el pitcher además de subir al montículo y lanzar la pelota hacia la mascota del cátcher, sabe que también tiene la responsabilidad de ser el noveno, octavo o cuarto bate en la alineación, está más enfocado, más conectado, más identificado con el objetivo y la esencia del beisbol. Porque al tener que enfrentar directamente a su rival, su contraparte, el otro gladiador, puede ver  a quien confronta desde un ángulo muy cercano, lo cual le permite observar y reflexionar de manera muy precisa, con las herramientas que le da vigilar al pitcher rival desde un primer plano, con el estímulo que le proporciona mirar al rival directamente a los ojos, con la percepción de algunos detalles que un pitcher solo puede detectar desde el cajón de bateo.

   El pitcher hasta puede desarrollar algún tipo de intuición para descifrar las señas del cátcher rival, sus movimientos y aún su respiración mientras está agachado detrás del plato, eso solo se puede hacer mientras se entra al cajón de bateo como integrante de la alineación ofensiva de su equipo. Solo puede saber que tan fuerte su rival puede lanzar la pelota al experimentar se golpeado o casi golpeado por un envío de él. Solo puede saber de los detalles invisibles de la estrategia de su rival al apreciar el momento exacto cuando suelta la pelota, la manera como saca la pelota del guante, como ejecuta el wind up, y la manera como abre los brazos cuando batean un elevado sobre el montículo. El pitcher aprende a conocer el repertorio de su rival mientras espera su lanzamiento apropiado para batear, o a dejar pasar los envíos para negociar un boleto. Con todos los datos que recoge cada vez que va a batear, el pitcher llena páginas importantes en su libro para manejar el juego desde el montículo.

   Uno de los ejemplos más gráficos de cómo un pitcher puede ser determinante para su equipo no solo desde el montículo sino desde el cajón de bateo, ocurrió el 12 de septiembre de 1969 en Forbes Field, los Mets de Nueva York visitaban a los Piratas de Pittsburgh. Aquel día, esos equipos efectuaron un doble juego, en plena carrera por el banderín. En el primer juego Jerry Koosman abrió por los Mets y llevó a su equipo a una victoria 1-0 sobre un equipo que tenía a Willie Stargell como tercer bateador y a Roberto Clemente como cuarto toletero. La actuación de Koosman trascendió su trabajo en el montículo; en la apertura del quinto inning, empujó a Bobby Pfiel al batear sencillo al jardín derecho. En el segundo juego, Don Cardwell estuvo casi tan dominante como Koosman. Lanzó por ocho innings donde solo permitió cuatro imparables en un juego que los Mets también ganaron 1-0, y de nuevo, fue el pitcher quien empujó la única carrera, cuando Cardwell sencilleó al jardín izquierdo en el segundo inning para remolcar a Bud Harrelson.

   Otro de los juegos que más atesoro en mis ejercicios de memoria es uno donde mi héroe de la infancia, Isaías Látigo Chávez subió al montículo para enfrentar a los Industriales del Valencia y a Steve Hargan durante la temporada 1965-66 de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. Valencia salió adelante en la parte alta del segundo inning cuando Lee May despachó cuadrangular por el jardín central ante El Látigo. En el cuarto inning, Tommie Agee sencilleó y robó segunda base después de dos outs. Tom McCraw negoció boleto. Luis Camaleón García roleteó por segunda base y Gustavo Gil no pudo manejar la pelota, así que García llegó quieto a primera y Agee anotó el empate. En el cierre del quinto inning, Jim Napier sencilleó al jardín central. Domingo Carrasquel despachó un linietazo peligroso al jardín derecho y Luis Rodríguez hizo una atrapada fenomenal. Napier pasó a segunda base mediante lanzamiento descontrolado de Hargan. Isaías Chávez despachó imparable al jardín central para remolcar a Napier con lo que fue la carrera decisiva del juego. Magallanes 2 – Valencia 1. El Látigo lanzó los nueve innings, enfrentó 32 bateadores, permitió siete imparables, una carrera limpia, recetó siete ponches, no concedió boletos.

   Muchos pitchers llevan una especie de cuaderno de apuntes donde escriben todas sus reflexiones, observaciones e ideas acerca de cada bateador. Cuando el pitcher tenía que ingresar al cajón de bateo para enfrentar a su rival, había una sección en ese cuaderno donde solían registrar cualquier detalle de la rutina de pitcheo de su rival. De seguro esta habilidad para analizar cualquier aspecto del juego desde el cajón de bateo, le daba al pitcher un enfoque más preciso de lo que estaba ocurriendo en el juego, por lo tanto era más difícil capturar al pitcher distraído, sin saber que hacer en determinada situación. Conocer al pitcher rival desde el cajón de bateo le daba al pitcher un sentido, una certeza de pertenencia con el juego, una especie de mapa estratégico donde podía descifrar lo que tenía que hacer en cualquier inning, en cualquier circunstancia, cualquier momento inesperado, porque a través de los movimientos, de la estrategia del pitcher rival observada desde esa distancia, él podía leer el lado interior del juego, el que los verdaderos seguidores del juego perciben, eso tiene que ver con lo que podría ocurrir a continuación, con anticiparse dos o varios pasos a los acontecimientos. Eso es lo que se ve por ejemplo, cuando el pitcher se ubica detrás de tercera base o detrás del plato para hacer la asistencia ante los tiros que vienen desde los jardines. Por supuesto que eso tiene mucho que ver con observar al pitcher rival desde el cajón de bateo y desde el montículo, en esos momentos el pitcher aprende a disecar los pequeños detalles del juego, muchos de los cuales podrían ser la diferencia entre ganar o perder.

   A mediados de los años 1980s, Fernando Valenzuela y Dwight Gooden se enfrascaron en varios duelos de pitcheo que hasta fueron a extra inning con la pizarra en blanco. Ambos pitchers eran bateadores respetables, por lo cual lucían tan enfocados, comprometidos, serios, mientras se enfrentaban entre sí como cuando lo hacían ante el tercer o cuarto bate de la alineación. El 6 de septiembre de 1985, Valenzuela se enfrentó a Gooden en Dodger Stadium. Fernie lanzó once innings, aceptó seis imparables, concedió tres boletos, cinco ponches, y salió del juego con la pizarra 0-0. Doc pitcheó nueve innings, permitió cinco imparables, diez ponches, sin boletos. Valenzuela retiró en orden el undécimo inning mediante tres rodados. Gooden permitió sencillos a Mike Scioscia y Greg Brock en el octavo inning. Pero Steve Sax bateó un rodado hacia el montículo y Gooden hizo el out forzado en tercera base. Valenzuela mostró el toque, pero luego cambió de opinión y bateó roletazo por las paradas cortas para generar otro out forzado. Mariano Duncan fue el tercer out. Gooden conectó imparable en el tercer inning, después que Valenzuela había retirado a Rafael Santana, ese era el tercer imparable que permitía. Luego en el quinto inning, Gooden consiguió el próximo imparable de los Mets después que  Valenzuela había retirado los primeros dos bateadores. Ese día Valenzuela se fue de tres nada como bateador ante Gooden. Un ejemplo de lo respetable que era Valenzuela como bateador ocurrió el 6 de julio de 1984 en Dodger Stadium contra los Cardenales de San Luis y Dave LaPoint. Valenzuela lanzó ocho episodios y dejó el juego empatado 2-2. Permitió dos carreras limpias, seis imparables, tres boletos, ponchó cuatro, mientras enfrentaba a 31 bateadores. En el cierre del sexto inning Valenzuela jonroneó para poner adelante a su equipo 1-0. En la apertura del séptimo inning, después de retirar a Green con rodado por segunda base, Valenzuela caminó a Chris Speier, y Darrell Porter la sacó de jonrón para darle ventaja a los Cardenales 2-1. Los Dodgers igualaron el juego en el cierre del octavo inning, cuando Anderson emergió por Valenzuela y se ponchó ante LaPoint, quien fue relevado por Bruce Sutter luego que Sax despachara imparable. Sax robó segunda base y llegó hasta tercera mediante error del cátcher Porter. Finalmente Sax anotó la carrera del empate con toque de sacrificio de Bill Russell por primera base. El juego permaneció igualado hasta el cierre del duodécimo inning, cuando Mel Allen caminó a Scioscia y realizó dos lanzamientos descontrolados seguidos, lo cual llevó al corredor hasta tercera base. El manager de los Cardenales ordenó boletos intencionales para Franklin Stubbs y Bob Bailor. Mike Vail salió de emergente por el relevista Roy Howell. Lahti reemplazó a Allen. Vail sencilleó y los Dodgers ganaron 3-2.

   Sin importar que Valenzuela haya salido del juego sin decisión, a pesar de las fallas que tuvo en el séptimo inning, Valenzuela aún fue determinante mediante su trabajo global, porque el jonrón que largara en el sexto inning, terminó siendo la carrera que significó la diferencia para ganar el juego. Durante toda su carrera, Valenzuela fue respetado por sus habilidades con el madero casi tanto como por sus dotes desde el montículo.

   Cada vez que extraño la emoción, la intensidad, el suspenso de aquellos juegos donde los pitchers tenían su lugar en la alineación, es inevitable pensar en Orlando Peña, Lew Burdette, Earl Wilson, Gary Peters, Bob Gibson o Rick Wise. Peña, pitcher cubano con experiencia en las ligas mayores, era un refuerzo regular en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional durante los años 1960s y comienzos de los 1970s. Uno de sus juegos más célebres ocurrió en el séptimo encuentro de la serie final de la temporada 1963-64, entre su equipo, Leones del Caracas y los Industriales del Valencia. Aquel 5 de febrero de 1964 Peña protagonizó un vibrante duelo de pitcheo ante su coterráneo Luis Tiant. Los Industriales picaron adelante en la apertura del segundo inning mediante cuadrangular de su jardinero central, Carl Boles. Caracas igualó el marcador cuando en el cierre del quinto inning el propio Peña descargó vuelacercas por el jardín izquierdo, resultan lamentables lo comentarios de algunos entendidos de la época quienes restaron méritos al logro de Peña al explicar que Tiant equivocó la selección del pitcheo ante su rival, cuando se sabe que cualquier pitcher se puede equivocar de pitcheo ante cualquier bateador y no todos son capaces de convertir dicha falla en cuadrangular. En el cierre del décimo inning, Dámaso Blanco abrió con doblete, Victor Davalillo  recibió boleto intencional, Dave Roberts negoció boleto para llenar las bases, e Hilario Valdespino despachó sencillo al jardín izquierdo para remolcar la victoria en los pies de Blanco. Caracas 2 – Valencia 1.

    El propio Orlando Peña, esta vez lanzando para los Navegantes del Magallanes, fue el pitcher abridor del quinto juego de la serie semifinal de la temporada 1969-70, ante los Tigres de Aragua en el estadio José Pérez Colmenares de Maracay, el 25 de enero de 1970.  En la parte alta del segundo inning, luego del primer out, Gregory Sims sencilleó y Ray Fosse se embasó cuando el jardinero izquierdo de los Tigres, Jim Williams, dejó caer un elevado, así que había corredores en segunda y primera base. Jesús Aristimuño fue retirado para el segundo out, pero los corredores avanzaron en jugada de bateo y corrido. El manager Roger Craig ordenó boleto intencional para Dámaso Blanco, entonces Peña conectó imparable al jardín izquierdo para impulsar las anotaciones de Sims y Fosse. Peña terminó ganando el juego 5-4, relevado por Gregorio Machado en el noveno inning.

   El 18 de agosto de 1960, Lew Burdette de los Bravos de Milwaukee, enfrentó a Gene Conley y los Filis de Filadelfia en County Stadium. Burdette no solo lanzó sin hits ni carreras para vencer a los Filis 1-0 (el único bateador que se le embasó fue Tony González, quien recibió pelotazo luego de un out en el quinto inning), sino que abrió el cierre del octavo inning con doblete y anotó la única carrera del juego mediante otro doble de Bill Brutton.

   Cuando Earl Wilson despachó cuadrangular en la conclusión del tercer inning ante Bo Belinsky en Fenway Park, el 26 de junio de 1962; tal vez no sabía lo que iba a ocurrir esa noche. Esa carrera hubiera sido suficiente para derrotar a los Angelinos de Los Angeles, a quienes terminó venciendo 2-0. Esa noche nadie pudo conectarle imparable alguno (ponchó a cinco y concedió cuatro boletos, mientras resolvía las dificultades que se presentaron en el juego). La otra carrera de los Medias Rojas llegó en el cierre del cuarto inning luego de un error del primera base Lee Thomas y sencillos de Pete Runnells y Carroll Hardy. Wilson se convirtió en el primer pitcher derecho en lanzar sin hits ni carreras en Fenway Park desde 1917, y en el tercer lanzador en batear un jonrón en medio de su joya de pitcheo (Wes Ferrell en 1931 y Jim Tobin en 1944 le habían precedido).

  Cada vez que tenía oportunidad, Gary Peters demostraba porque el manager de los Medias Blancas de Chicago lo utilizaba como octavo, séptimo o hasta sexto bate de su alineación. Eso fue lo que hizo el 14 de mayo de 1967, en el segundo juego de una doble cartelera contra los Angelinos de California, cuando solo permitió un imparable para ganar 3-1, mientras ponchaba diez bateadores y permitía dos boletos. En el cierre del segundo inning, Peters sencilleó al jardín derecho contra Jim Coates para remolcar a Pete Ward y a Ken Berry.

   Gibson además de sus virtudes como lanzador, era muy respetado por sus habilidades con el madero. Podía batear largo y también ejecutar los pequeños detalles desde el cajón de bateo. El 27 de septiembre de 1968 derrotó a Larry Dierker y los Astros de Houston 1-0 en Busch Stadium. Solo permitió seis imparables, recetó once ponches y no concedió boletos. La única carrera ocurrió en el quinto inning: Julián Javier negoció boleto, Dal Maxvill se ponchó, Gibson ejecutó el toque de sacrificio para avanzar a Javier hasta segunda base. Lou Brock bateó sencillo de piernas por la antesala, Javier llegó hasta tercera base. Curt Flood sencilleó al jardín central para remolcar a Javier.

  Rick Wise dejó hablar a su bate aún con más intensidad; el 23 de junio de 1971, los Filis de Filadelfia y Wise como pitcher abridor, visitaron a los Rojos de Cincinnati en Riverfront Stadium.  Filadelfia marcó una carrera ante Ross Grimsley en la parte alta del segundo inning. En el quinto episodio, Roger Freed bateó doblete, y luego Wise sacó cuadrangular de dos carreras, para poner la pizarra 3-0. En la apertura del octavo tramo, Wise despachó otro jonrón para darle cifras definitivas al marcador: 4-0. Además Wise lanzó sin permitir imparables ni carreras, el único obstáculo que lo separó del juego perfecto fue un boleto que concedió a David Concepción en el cierre del sexto inning.

Alfonso L. Tusa C. 26 de octubre de 2020. ©

lunes, 9 de noviembre de 2020

Aquellos Trece Blanqueos de Bob Gibson en la Temporada de 1968. Por Alfonso L. Tusa C. 18 de octubre de 2020. ©


  Apenas podía respirar cuando Felipe me dijo que íbamos a bajar al terreno de juego. Nunca había estado sobre la grama y la arcilla de un estadio formal de beisbol. Sentir que estaba a segundos de pisar el entorno de las cuatro bases, del diamante y los jardines de que tanto hablaban los narradores por la radio me erizó toda la piel y casi me hizo estallar el estómago. Las festividades de Santa Inés se realizaron ese año de finales de la década de los años 1960s en el estadio municipal de Cumaná, a nivel del terreno de juego habían instalado varias mesas de juegos y algunos grupos teatrales.  Bajamos por el dugout del equipo visitador. Felipe me llevó al pedazo de terreno donde  colocaban la tercera base y me dijo que allí Camaleón García hizo varias jugadas espectaculares, luego subimos al montículo y me habló de cómo había visto lanzar desde ahí a Ramón Monzant, a Emilio Cueche, al propio Mel Nelson el que le lanzó el no hit-run al Caracas, y a un negrito que ponía la pelota como un limón llamado Bob Gibson,  el cátcher volteaba la cabeza hacia atrás cada vez que recibía uno de esos peñonazos que lanzaba aquel pitcher.

   Para ese momento, comienzos de 1969, ya había ocurrido la famosa temporada del Año del Pitcher en las Grandes Ligas y Gibson había dejado aquella microscópica efectividad de 1.12 en un tráfago donde lanzó hasta trece blanqueos. Felipe sabía de esa gesta y se emocionaba al hablar de los trece blanqueos, de lo difícil que sería acercarse a esa marca y más aún a la citada efectividad. Sin embargo noté un temblor más profundo en su voz cuando se refirió a su paso por la liga venezolana, particularmente a dos episodios, uno que experimentó personalmente en el estadio de Cumaná y otro que escuchó por radio en un juego efectuado en el estadio Universitario de Caracas, entre los Indios de Oriente (el equipo que había tomado el lugar de los Navegantes del Magallanes) y los odiados eternos rivales Leones del Caracas. La rivalidad permanecía intacta aunque el equipo no se denominara Magallanes.

  Como siempre hacía cuando sabía que yo estaba ansioso por conocer los detalles de sus historias, Felipe desvió el tema hacia los trece blanqueos. Se los sabía de memoria, al menos los detalles más importantes de casi todos. El primero había ocurrido el 6 de junio de 1968 en el Astródomo. Por los Astros abrió uno de los mejores pitchers en la historia de la franquicia, Don Wilson. Los Cardenales picaron adelante en el tercer inning mediante sencillo de Dal Maxvill, passed ball del cátcher John Bateman, doble impulsor de Lou Brock, sencillo de piernas de Roger Maris por segunda que llevó a Brock hasta la antesala y sencillo remolcador de Orlando Cepeda. Felipe casi dejaba de respirar cuando recordaba que entre el sexto y el noveno inning, Gibson retiró once bateadores en fila hasta que Rusty Staub le bateó sencillo al centro con dos outs. En la apertura del sexto episodio Orlando Cepeda y Tim McCarver descargaron cuadrangulares para poner el marcador 4-0. La voz de Felipe adquiría tonalidades de tenor cuando recitaba las actuaciones de Gibson. “Solo permitió tres imparables (sencillo al centro de Lee Thomas abriendo el segundo inning, doble a la izquierda de Ron Davis quien sería el único corredor que pisaría tercera base mediante rodado por segunda de Staub, y el mencionado sencillo de Staub en el noveno) y dos boletos (uno a Julio Gotay luego de dos outs en el quinto inning y otro al emergente Ivan Murrell abriendo el sexto inning). Ponchó a cinco. Enfrentó 31 bateadores… Nunca se le embasó más de un corredor”.

  Cuando subimos al montículo del estadio de Cumaná, fue inevitable recordar una fotografía en blanco y negro que Felipe tenía pegada con cinta adhesiva en su compartimiento del escaparate. Había un pitcher de piel oscura, con mirada punzante y rostro adusto. En el pecho decía: Oriente. Entonces recordó un juego de la temporada 1960-61 cuando Gibson llegó en un juego empatado al cierre del noveno inning, le tocaba a el batear, y escuchó como el señor con quien había ido al estadio, se enzarzó en una discusión con otros aficionados que imprecaban al manager porque no sacó un emergente a batear por Bob Gibson, que ya podía estar cansado por la intensidad del juego y del sol. “Mi tío les dijo, que no sabían nada de pelota. Que si habían visto como estaba lanzando Gibson, que en la apertura de ese noveno inning la pelota todavía estaba haciendo que el cátcher se sobara la mano. Además les recordó que Gibson no era precisamente un out regalado, que era muy buen bateador. Los tipos aún se burlaban de mi tío, y gritaban en la tribuna que al manager de Oriente había que despedirlo”. Felipe sonrió mientras se subía a la goma de lanzar, su voz sonaba a guaracha cuando dijo que los tipos enmudecieron cuando Gibson largó tremendo estacazo ante una recta humeante del pitcher contrario y la pelota salió a mil millas sobre la cerca del jardín izquierdo para dejar en el terreno a los rivales. “Los tipos no solo enmudecieron, cuando mi tío los buscó, habían desaparecido del estadio”.

  El tercer blanqueo ocurrió el sábado 15 de junio de 1968 en Busch Stadium. Gary Nolan abrió por Cincinnati y hasta el quinto inning el juego se mantuvo 0-0. En el cierre del sexto episodio Dal Maxvill sencilleó a la izquierda. Gibson lo adelantó a la intermedia mediante toque de sacrificio. Lou Brock logra imparable de piernas por el montículo y Maxvill recala en la antesala. Curt Flood despacha elevado de sacrificio a la derecha y Maxvill anota la primera carrera del juego. En el séptimo, luego de dos outs, Mike Shannon  negocia boleto y anota mediante doble de Julián Javier al centro.   Gibson solo concedió cuatro imparables (doble de Vada Pinson a la derecha luego de dos outs en el primer inning;  sencillo de Alex Johnson al centro en el cuarto, luego de dos outs, Johnson se robó la intermedia y pasó a tercera mediante passed ball de McCarver, único corredor de los Rojos que llegó hasta esa base; doble de Whitfield a la izquierda luego de dos outs en el séptimo; sencillo de Tommy Helms con un out en el noveno). Ponchó 13. Cero boletos. Enfrentó 31 bateadores. Felipe hablaba con tanta emoción que parecía que estaba en el estadio de San Luis.

   Por más que insistía en que me contara del otro incidente de Gibson en la liga venezolana de beisbol, Felipe atropellaba sus palabras en medio de los blanqueos más resaltantes de aquella temporada de 1968. El cuarto de esos blanqueos aconteció el jueves 20 de junio ante los Cachorros de Chicago y Ferguson Jenkins en Busch Stadium II. 

   Luego de ponchar los dos primeros bateadores Jenkins recibió triple de Lou Brock a la derecha y sencillo de Curt Flood a la izquierda. Luego de eso el pitcher de los Cachorros colgó seis ceros.

   Gibson permitió cinco  inatrapables (sencillo de Glenn Beckert al centro luego de un out en el primer inning; sencillo de Randy Hundley a  la izquierda abriendo el tercer inning; sencillo de Nen en el cuarto luego de dos outs y boleto a Ron Santo, fue la única vez que Gibson tuvo dos corredores en base en un inning; sencillo de Beckert al centro abriendo el sexto inning; sencillo de piernas de Jenkins al montículo luego de un out en el octavo), concedió 1 boleto, enfrentó a 32 bateadores.

  El noveno blanqueo sucedió el viernes 9 de agosto en Atlanta Stadium ante Phil Niekro. En el tercer inning Lou Brock sencilleó al centro luego de un out y estafó segunda base. Luego del ponche de Curt Flood, Roger Maris remolcó a Brock con sencillo a la derecha.

    Gibson permitió cuatro imparables (sencillo de Martinez luego de un out en el tercer inning; sencillo de Felipe Alou al centro luego de dos outs en el sexto; sencillo de Tito Francona luego de dos outs en el séptimo; sencillo de Felix Millán a la izquierda luego de un out), cero boletos, cinco ponches, 31 bateadores enfrentados.

 Felipe seguía muy emocionado al recordar los blanqueos de Gibson, tanto que se adueñó del montículo y hasta ensayó varios estilos de levantar la pierna para lanzar. Los juegos que más disfrutó recordar fueron los dos finales.

El 2 de septiembre Gibson subió al montículo de Crosley Field en búsqueda del décimo segundo blanqueo ante Gary Nolan y los Rojos de Cincinnati.

   Julían Javier se la sacó del parque a Ted Abernathy quien entró a relevar a Nolan en el décimo inning.

   Gibson permitió 4 imparables (sencillo de Leo Cárdenas a la derecha abriendo el tercer inning; sencillo de Tany Pérez a la izquierda luego de dos outs en el cuarto inning;  sencillos de Tommy Helms y Jones luego de dos outs en el décimo inning), 3 boletos (uno a Vada Pinson luego de dos outs en el primer inning; otro a Johnny Bench en el cuarto inning luego de dos outs y el sencillo de Pérez; y otro a Nolan luego de dos outs en el octavo), 8 ponches, 36 bateadores enfrentados.  Entre el cuarto y el octavo innings Gibson retiró doce Rojos en fila.

 

El décimo tercer blanqueo, coincidencialmente, llegó el viernes 27 de septiembre en Busch Stadium II ante Larry Dierker y los Astros de Houston.

   En el quinto inning Julián Javier negoció boleto. Luego del ponche de Dal Maxvill, Gibson ejecutó toque de sacrificio para llevar a Javier hasta la intermedia. Lou Brock conectó sencillo de piernas por tercera base y Javier ancló en la antesala. Curt Flood despachó imparable remolcador al centro.

   Gibson permitió seis imparables (sencillo de Jim Wynn luego de un out en el primer inning; sencillos de Doug Rader a la izquierda y Dennis Menke a la derecha abriendo el quinto inning; sencillo a la izquierda de José Herrera luego de un out en el sexto inning; sencillo de Rader a la izquierda luego de un out en el séptimo inning; sencillo de Bob Aspromonte al centro abriendo el octavo inning), cero boletos, 11 ponches, 31 bateadores enfrentados.

   Cuando Felipe se disponía  a bajar del montículo para dirigirse hacia una tarima donde se presentaba un grupo de música típica regional, lo templé por la manga de la camisa y no lo solté hasta que entendió que tenía una cuenta pendiente conmigo. Entonces respiró profundo y exclamó casi en susurros: “¡Está bién…está bien!”. Aquella noche, él escuchaba casi hipnotizado un juego entre Oriente y los Leones del Caracas que Gibson había llegado ganando 1-0 al cierre del noveno inning y todo indicaba que conseguiría el blanqueo. De pronto el narrador empezó a decir que desde el dugout del Caracas comenzaron a gritarle algo a Gibson para desconcentrarlo. En menos de cinco minutos el narrador se enteró que desde la cueva caraquista le gritaban “Lumumba” a Gibson, en alusión a su gran parecido con el líder político africano Patrick Lumumba. El narrador casi tartamudeo cuando relató que en el próximo lanzamiento Gibson ejecutó el wind up de frente hacia el dugout y metió la más fantasmagórica recta hacia el compartimiento subterráneo. Un silencio estridente invadió el estadio, por varios segundos solo se escuchaba la pelota repicando entre el techo y el piso del dugout que había quedado totalmente solitario. El narrador intuía que el árbitro podía expulsar a Gibson por aquel incidente, pero luego de conversar con el manager del Caracas, regresó a su lugar detrás del plato y le ordenó a Gibson que siguiera lanzando. Entonces el espigado lanzador completó su faena y terminó de blanquear a quizás el equipo más fuerte del campeonato.

Alfonso L. Tusa C. 18 de octubre de 2020. © 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Lo que Europa podría aprender del fútbol colombiano en los años cincuenta

 


Siempre habrá críticos de una superliga de fútbol, aquellos que dicen que los obstáculos son demasiado grandes, que nunca podría realizarse. Excepto, por supuesto, los que recuerdan la vez que sí funcionó.

Credit...Allsport Hulton/Archive

A primera vista, los tres hombres sentados en una mesa del restaurante Embajadores en el centro de Bogotá, Colombia, parecían una comparsa poco común. Es verdad, todos eran más o menos de la misma edad, de veintitantos años. Además, mientras contaban sus aventuras, sus acentos delataban que los tres eran argentinos. Estaban muy lejos de casa.

Sin embargo, ahí terminaban las similitudes. Un miembro de la reunión era alto, rubio y siempre vestía de manera impecable. Se podría decir que Alfredo Di Stéfano era el atleta más famoso de Sudamérica; luego se convertiría en el futbolista más célebre de su generación. Fue un estatus que se tomó a pecho.

Por otro lado, sus invitados seguramente rayaban en lo desaliñado. Ernesto y Alberto eran médicos, pero habían viajado durante meses, en busca de la médula de Sudamérica en un par de motocicletas polvorientas y destartaladas, vivían de sus alforjas, a menudo dormían bajo las estrellas. Tenían los rostros barbados y las ropas desgastadas.

¿BUSCAS FÚTBOL? SUSCRÍBETE: Rory Smith, corresponsal de fútbol, tiene todo del balompié, desde los principales partidos hasta las ligas más pequeñas. Su boletín en inglés cubre las tácticas, la historia y las personalidades del deporte más popular del planeta.

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El amigo de un amigo los había puesto en contacto con Di Stéfano. Y, a pesar de su fama, no solo había accedido a reunirse con ellos, sino que también les llevó regalos: algo de yerba mate, la amarga bebida herbal que por alguna razón les gusta a los argentinos y —más importante— un par de boletos para un partido del día siguiente.

Después de todo, ese era el motivo por el que Ernesto y Alberto estaban en Bogotá. Los dos eran aficionados al fútbol y se habían tomado un descanso de su trabajo en Leticia, cerca de la frontera peruana, para hacer el viaje de horas hasta la capital y así poder ver al equipo más fascinante de la liga más fascinante del mundo. Estaban ahí para ver un juego de los piratas.

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Al verlo en retrospectiva, y al saber quiénes estaban sentados en la mesa, se puede percibir lo extraordinario de la escena, descrita de manera vívida en la biografía de Ian Hawkey sobre Di Stéfano.

En el viaje por Sudamérica, y particularmente en Colombia, uno de esos médicos iba a ser testigo de una desigualdad tan rampante que se convenció de la necesidad de un cambio social y, a la postre, una revolución violenta. Unos años más tarde, el mundo iba a conocer a Ernesto, el hombre de 24 años que le gorroneó un boleto a uno de los mejores jugadores de su país, como el Che Guevara.

No obstante, ese día, dentro del Embajadores, tan solo era un chico, un doctor, un aficionado. Si había un rebelde en esa mesa, ese era Di Stéfano.