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martes, 7 de noviembre de 2017

La tecnología amenaza el golf

 

Jon Rahm, tras dar un golpe con el driver.  Getty Images
 

Manolo Piñero, coetáneo de Seve Ballesteros y hoy seleccionador nacional de golf, recuerda cuando invitó a Sergio García a su casa y le enseñó los viejos palos que guardaba en el garaje. “¿Cómo es posible que jugarais con esto?”, se asombró el castellonense. “¡Y hacíamos bajo par!”, le respondió Piñero.
Los palos eran de madera dura y las bolas eran de cubierta blanda, una combinación que entonces, entre los años 70 y 90 del siglo pasado, permitía a los golfistas sentirse artistas, como un futbolista virguero puede sentirse artista aún. “Un día, en un torneo apareció Sandy Lyle con unos palos de hickory [la dura madera con que se fabricaban entonces los drivers, que ahora son de titanio y otro metales] que tenían 100 años, y estuvimos probándolos en el campo de prácticas. Y los únicos que le dábamos a la pelota éramos él y yo. Había unos que le daban pero eran incapaces de poner la bola en el aire, y otros, al verlo, no se atrevieron a probarlo”, cuenta Miguel Ángel Jiménez, golfista de 53 años que disputa el circuito senior norteamericano. “La bola sale ahora demasiado rápido del palo y con el material que tenemos para darle efectos hay que esforzarse mucho más que antes. La bola ahora es muy dura, con un núcleo hardcore para sacar más distancia, y dentro no tienen nada que se mueva; antes la bola era blandita, de goma y el núcleo era líquido, y la podías mover, cortarla, abrirla... Es otro concepto de golf”.
El golf del siglo XXI, en el que ya los artistas son los nostálgicos del pasado y prima la fuerza, lo inventó Tiger Woods, con su prodigioso físico a finales del siglo XX, y lo continuaron los drivers de titanio y las bolas duras, las que dan distancia y rectitud, y nada más. La tecnología ha revolucionado el golf tanto que amenaza con destruir su esencia.
Irónicamente ha sido el propio Tiger Woods, el primer revolucionario de la nueva época, quien ha lanzado la alerta, asustado y preocupado. “La bola vuela demasiado lejos. Tenemos que hacer algo. Si queremos tener un campo competitivo de golf profesional deben tener entre 7.400 y 7.800 yardas (6.700 y 7.100 metros). Hay que hablar no sólo de la bola, sino del tipo de campos que se diseñan y los torneos que quieren los jugadores”, afirmó el exnúmero uno, el jugador que en 1997 ridiculizó el campo de Augusta, tan corto, con tan poco rough, obligando a sus rectores a alargarlo todo lo que pudieron, y a estrecharlo. Y así lo piensan también golfistas de antes y de hoy.
“La tecnología hay que pararla”, avisa Piñero. “Hay campos que son historia pura del golf, como Saint Andrews o Royal Birkdale, y que a este paso dejarán de ser aptos para competir. La bola no puede ir a esa velocidad. En los últimos años se ha ganado un 25% de distancia en todo el circuito. Seve en mi época era potentísimo. Y Nicklaus hacía 260 metros de vuelo. Pero hoy eso lo hace ahora un pegador corto. Hoy se gana con el driver 35 o 40 metros de media. Es brutal. Pares cuatro de 440 metros, que eran largos, se dan con driver y wedge. La aerodinámica de la bola hace que vuele más recto y no se desvíe. Habría que hacerla más pesada o aumentar su volumen para que tuviera más resistencia al viento y volara menos”. En Saint Andrews, la catedral del golf, se jugará el Open Senior, tan corto se ha quedado para los pegadores de ahora; y otros recintos con historia solo serán aptos para torneos femeninos. Las mujeres y los viejos aún no alcanzan las distancias de las estrellas del momento.
“Ya ha pasado que los campos de golf se han quedado pequeños”, advierte Álvaro Quirós, un pegador de los de ahora. “Mi entrenador, Pepín Rivero, que ya tiene 62 años, me dice que pega ahora la bola más fuerte que con 25”.
Hoy los mejores pegadores cubren hasta el 65% del campo con el primer golpe. Como Rory McIlroy (65,16% de media en el último año) y Dustin Johnson (65,09%), y como John Rahm, décimo en esta clasificación con el 64,27%, y uno de los enamorados de estos materiales supersónicos de la actualidad. McIlroy es quien más distancia con el driver ha completado en 2017, 283,4 metros de media, por delante de Dustin Johnson (280). Rahm es quinto con 276. La evolución respecto al pasado es evidente. Este año, 50 jugadores han lanzado la bola a una media de 290 yardas o más (265 metros), cuando en 2003, primer año en el que se tiene este tipo de registros, eran solo ocho. Lo mismo sucede con la velocidad. Este curso, 14 golfista han superado las 180 millas (290 km) por hora de media en la velocidad de su bola, cuando hace 10 años solo lo lograron cuatro. La bola más rápida del circuito ha sido la del estadounidense Brandon Hagy: 300,6 km por ahora, en un listado en el que Sergio García y Rahm vuelan a 175 km/h. Según la USGA y Royal Ancient, los guardianes de las normas, la bola ha de tener un peso máximo de 45,93 gramos y un tamaño mínimo de 42,67 milímetros de diámetro. Y tiene entre 300 y 500 hoyuelos de 0,25mm de profundidad, primordiales para que la bola se levante al girar sobre sí misma y vuele más.
“Yo no tengo nada que decir sobre el tema. Quien haya leído lo que dice Tiger ya lo sabe todo”, dice José María Olazabal, otro de los artistas de la época de las bolas de balata, la resina con que se cubrían antes. “Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice. Hay que fijar normas de palos y bolas para que no se alcance tanta distancia. La tecnología, junto a la gran preparación física que se estila ahora permite al jugador una velocidad increíble de la cara del palo al golpear la bola, y una rotación increíble de esta. Antes, si le dabas mal a la bola, si no atinabas en el punto dulce, tan pequeño como una monedita, esta era ingobernable, ahora no es solo que, con el tamaño de los drivers sea casi imposible darle mal, sino que aun así, dándole donde no quieres, la bola sigue volando recta, controlada”.
En sus años de gloria, la década de los 90, cuando ganó dos Masters, y cuando usaba drivers de madera y bola de balata, Olazabal figuraba habitualmente en torno al puesto 50 en distancia y precisión; con la revolución tecnológica, incapaz de adaptar su juego, y también renegando del nuevo golf, Olazabal pasó al puesto 200 en ambas listas. Si se cumplen sus temores, quizás el problema no sea solo que los campos se queden pequeños, sino que los jugadores mediocres parezcan tan buenos como los mejores.

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