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jueves, 14 de enero de 2016

Sugar Ray Leonard: ‘Me sentía seguro en el cuadrilátero. Mi corazón se ponía de hielo’.




 El legendario campeón habla de abuso sexual, cocaína, alcohol, y como venció algunos de sus oponentes más duros en el pugilismo.

 Donald McRae. The Guardian.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.


  “Hombre, eso es tenebroso”, dice Sugar Ray Leonard mientras sus ojos se abren y palmea mi brazo. “Eso me golpea como un trueno. Es sorprendente como la verdad te llega así”.
 Aún cuando es espectral, Leonard aún parece como de un millón de dólares. El rostro bien parecido y el brillo de su sonrisa permanecen, aún si están desgastados por años de dolor. Más allá de sus peleas épicas en los años ’80 contra Thomas Hearns, Roberto Durán y Marvin Hagler, Leonard ha vivido batallas más solitarias. El hombre de 55 años de edad cargó por décadas con el secreto de que había sido objeto de abuso sexual dos veces cuando era niño por hombres de mediana edad,  mientras sus más recientes episodios con las drogas y el alcoholismo cruzaban un terreno desolado.
 Esta es la forma como se despliega la entrevista con uno de los peleadores más grandes de la historia, Leonard reacciona con inmediatez cruda. “Dígame otra vez lo que él dijo”, apremia él.
 Y así recuento con más detalle, como hace años en Las Vegas, Hugh McIlvanney, el gran periodista de boxeo, quien entonces trabajaba para el Observer, escuchaba pacientemente mientras yo hablaba de las “malas intenciones” de Mike Tyson. McIlvanney sonrió sagazmente y preguntó que pensaba yo del retirado Ray Leonard. Yo solo había visto pelear a Leonard por televisión y aprecié algo del arte sublime de Sugar. McIlvanney apuntó a la yugular. Habló vívidamente de la dura coraza de hielo que Leonard tenía en su corazón de peleador. Sugar Ray debió haber tenido que enfrentar una terrible oscuridad para pelear con tal brillantez glacial.
 “Eso es verdad”, dice Leonard. “Eso es exactamente lo que sentía. Cada vez que entraba al cuadrilátero yo tenía esa coraza de hielo. Mi hermano, Roger, la veía cuando entrenábamos. Me movía hacia él y él decía, ¡Párate Ray! Mírate los condenados ojos. ¡Parece como si quisieras matarme!’ Tal vez yo usaba lo que me pasó afuera cuando estaba entre las cuerdas”.
 “Pero eso era inconsciente. ¿Peleaba yo intensamente porque estaba molesto por el abuso sexual? No para mi conocimiento. Afuera, no soy un tipo de confrontación. Aún cuando estoy acostumbrado a hablar en televisión, en realidad soy reservado y tranquilo, casi tímido. Pero podría ser un tipo cruel en ese cuadrilátero porque me siento en confianza”.
 Leonard mira hacia arriba mientras la luminosidad del sol se cuela por su ventana del hotel London. “Yo transité por la verdadera oscuridad pero el cuadrilátero era mi luz. Ese era el único lugar donde me sentía seguro. Podía controlar lo que pasara allí. Mi corazón se llenaba de hielo”.
 En su atrapante y reveladora autobiografía, Leonard descubre la imagen que una vez definió y lo separó como la amenaza callejera que Durán, Hearns y Hagler trajeron a su violento entorno. Un ganador de la medalla de oro olímpica, a quien el entrenador Angelo Dundee  le entregó su toalla como el único posible sucesor de Muhammad Ali, Leonard mantuvo secreta su vida real. La cruda realidad se sabe ahora.
 Aún luego de su victoria en los Juegos Olímpicos de 1976, Leonard casi abandonó el boxeo. Él cuenta una anécdota molesta de cuan cercano estuvo de claudicar ante la heroína solo meses después de ganar el oro en Montreal. “Quería ser como Bruce Jenner”, dice el del melenudo estadounidense quien ganó el decatlón en esos mismos Olímpicos. “Pero él era blanco y solo semanas después de los juegos me sentí como un negro de nuevo”.
 Un Leonard desesperado terminó en un apartamento donde un grupo de hombres negros se inyectaban con heroína. Él les rogó: “Golpéame, hombre, golpéame”.
 Leonard me muestra su brazo y recuerda como uno de los drogadictos apretó una cuerda alrededor para hacerle brotar la vena. El peleador viejo estrecha en espacio entre su pulgar y su índice hasta unos poco milímetros. “Estaba tan cerca de la aguja. Pero un tipo se paró. Él dijo: ‘Epa Ray, no dañes tu vida. Eres el campeón hombre’. Estos tipos estaban adentrados en la tierra de nunca jamás pero aun tenían suficiente integridad para decir. ‘¡No, Ray!’”
 Él sucumbió en la cocaina y la bebida  años después pero, antes, como dice Leonard, “Me embarqué en esa tumultuosa montaña rusa. Yo venía de la nada y había logrado fama y fortuna. Pero yo trabajaba duro. Tenía disciplina y determinación. Tenía esa frialdad en mí”.
 Ali fue uno de los primeros en reconocer la extraordinaria capacidad de resolución de Leonard. “No mucho después de esa escena con la aguja fui invitado a la tercera pelea de Ali contra Ken Norton (en septiembre de 1976). Norton había ganado la primera, Ali la segunda. Se aproximaba una noche difícil para Ali.
 “Pero el me pidió que lo viera en su camerino antes de la pelea. Era inexplicable que Ali pudiera pensar en mi salto al profesional solo minutos antes del campanazo. Él dijo: ‘Asegúrate de que nadie sea tu dueño. Se tu propio administrador’”.
 Leonard dio un paso al costado de la red controladora de Don King y Bob Arum y tomó un camino independiente. Se confió a un abogado blanco, Mike Trainer, para que lo guiase a través del campo minado del medio promocional y siguió la instrucción de Ali mientras hizo y mantuvo la mayoría de sus millones. Aunque el legado de Leonard arde con más intensidad en el cuadrilátero.
 Regresemos otra vez a las peleas viejas, Leonard insiste en viajar hacia el camino andado una vez más, a pesar de mi reticencia. Él me muestra como aún disfruta hablando de Durán, Hearns y Hagler al revivir aquellas noches en detalles gráficos e intrincados.  Leonard recurre al truco de hacerme creer que sus historias son aun tan atractivas para él como para mí. Días después, algunas todavía   burbujean en mi cabeza.
 “Joe Frazier decía que Roberto Durán se parecía a Charles Manson”, suelta Leonard. “Y se parecía. Dios, Durán era tan violento, tan cruel. Algunas personas, afuera, en las calles, pueden dispararte en la cara y después ir a almorzar. Ellos no tienen conciencia. Durán era así.  Eso me abrumaba porque Durán era muy agresivo.  Me atrapó la primera vez”.
 Leonard perdió su invicto ante Durán en junio de 1980, en una decisión clara. Pero, cinco meses después, Leonard llegó a la revancha con un plan distinto. “Mi hermano Roger me lo dio. El me dijo en el gimnasio: ‘Tienes que burlarte de él’. Le dije: ’Tienes que estar bromeando’. Pero Roger me siguió diciendo. ‘Tienes que avergonzar a ese tipo. Tienes que hacer que se enfurezca contigo’”.
 En la revancha con Durán yo estaba boxeando con inteligencia y, entonces, empecé a bromear. Lancé esos bolo punches locos y la audiencia estaba riendo. Riendo de verdad. Yo podía ver en los ojos de Durán que no le gustaba eso. Él era malo para que se burlaran de él y yo lo estaba ridiculizando. Eventualmente, él abandonó. Lanzó sus manos en frustración y se fue.  Él nunca se dio cuenta de las consecuencias que eso tendría en el resto de su vida. Pero esa pelea no debe dictar su legado. Durán fue un gran peleador”.
 Leonard habla aquí con intención real; y ahora él casi siente ternura hacia Durán. “Recuerdo verlo mientras salíamos de la arena esa noche. Yo estaba en mi carro. Él iba en el asiento trasero de su carro. ¿Cuáles son las oportunidades de que eso ocurra, luego de una de las peleas más grandes de l a historia? Pensé, ‘Mierda, Durán’. Lo saludé. Él levantó su mano hacia mí, pero no había vida en él.
 “Eso todavía le molesta hasta el día de hoy. Pienso que no pasa un día en que no se recuerda de eso. Lo sé porque me preguntan por eso todos los días porque es uno de esos momentos de la historia deportiva que fascina a la gente”.
 “¿Qué le pasó a Roberto Durán? Él oye esa pregunta todos los días y yo me pongo en su lugar. Yo lo respeto y lo estimo ahora. Pero sé que él no respondería. Él no se pasearía por ese escenario. Es como cuando yo evité hablar del abuso sexual por tanto tiempo”.
 Leonard derrotó a Durán, y venció a Hearns. También impactó al mundo al regvresar del retiro en 1987 para robarse una decisión con frialdad ante el feroz Hagler, quien aún debe perdonarlo. Pero más que esas famosas peleas, son las batallas fuera del cuadrilátero las que ahora lo definen. Como muchos peleadores, él se sintió perdido cuando desaparecieron sus atributos pugilísticos. Él aun tenía dinero y un amplio conjunto de acólitos y grupos a su alrededor, y Leonard empezó a usar cocaína como manera de conseguir la intensidad que había sentido como boxeador.
 “También empecé a frecuentar los periodistas”, dice él, “porque hacía televisión para HBO. Esos tipos siempre decían, tarde en la noche, ‘Vamos, Sugar Ray, tienes una más…’ Las drogas fueron primero pero el alcohol se convirtió en el problema principal.
 “Mi segunda esposa, Bernadette, estaba preocupada por todas estas revelaciones, el abuso, las drogas, la bebida. Cuando empecé el libro teníamos un hijo en cuarto grado y otro en sexto grado. Mi esposa se preocupaba porque pensaba desde el punto de vista de la esposa y la madre y trataba de protegernos. Pero si yo hubiese seguido escondiendo eso, eso habría terminado matándome. No me importa que, al hablar de eso, algunas veces lloro. Ahora siento que finalmente llegó la claridad.
 Cuando Leonard asistió a su primera reunión de alcohólicos anónimos de inmediato fue reconocido. “Se podía saber que era un recién llegado porque dije, ‘Hola, mi nombre es Ray Leonard’. Ellos dijeron, ‘Solo tu primer nombre, Ray, eso es todo lo que necesitamos. Pasó un buen tiempo antes que pudiera decir, ‘Hola soy Ray y soy alcohólico’. Al final lo hice. Pero, aún aquí, abro el mini-bar y pienso en eso un poco. Una parte de mi cabeza dice, ‘Vamos, puedes hacerlo’. La otra lo cierra. Me mantengo fuerte”.
 “Sabes que mi padre cumple 90 años en junio. Él me cuenta las mismas historias cada vez que voy a la casa. Cinco minutos después, empieza a contarlas todas otra vez. Pero él está viejo. Ha estado casado 62 años con mi madre”.
“Solía encontrar difícil ir allá y nunca iba a menos que me hubiera tomado unos tragos o tuviera alguna sustancia en mi cuerpo. Pero esa no es mi forma de vivir. Ahora estoy sobrio cada vez que voy a casa”.
 “Es difícil, porque todos sabemos lo brutal que se pone la vida. Pero sentí algo especial cuando estuve ahí recientemente. Estábamos sentados tomando café y dije, ‘Papá, sabes que estoy aquí y no he bebido. No he bebido por años’. Él me miró y dijo, ‘Hijo, estoy muy orgulloso de ti’. Eso se sintió muy bien”.
“Ha sido un infierno el trayecto pero me bajé de esa montaña rusa en un movimiento. No cambiaría nada porque los errores y el dolor son importantes como en las grandes peleas. Ellos me hicieron quien soy ahora. Sugar sigue aquí, en el entorno, pero Ray está aquí ahora. Solo soy Ray Leonard. Es tan simple, tan dulce, como eso”.


Traducción: Alfonso L. Tusa C.

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