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sábado, 21 de septiembre de 2019

BASES LLENAS EN UN ESTADIO OSCURO Por Alfonso L. Tusa C. 19 de septiembre de 2019.©


 
ESTADIO DE LA CIUDAD UNIVERSITARIA EN CARACAS


   Desde que empecé a seguir el beisbol hacia finales de la década de 1960, había escuchado esa historia triste del final del beisbol profesional en Cuba, los equipos de la liga invernal cubana sufrieron el mismo proceso de expropiación que todas las empresas privadas, la revolución vociferaba y se vanagloriaba de que estaba recuperando todo para el pueblo

Luego los hechos han demostrado donde terminó el beisbol cubano, qué pasó con los peloteros, qué ocurrió en el tiempo luego que la cruda realidad de la revolución terminó por agotar y desmembrar los logros de ese beisbol. Nunca en aquellos años imaginé siquiera que el beisbol venezolano pudiese llegar a esa situación junto a todo un país. Veía el semblante de los jugadores cubanos que venían a jugar en las temporadas venezolanas de beisbol profesional y sentía su melancolía, intentaban sonreir y contar chistes, pero se sentía que muy hondo en sus almas había una pena escondida que en cualquier momento podía emerger, por eso muchos de ellos preferían retirarse luego de varios minutos de entrevista o conversación.
   Sobre la Liga Venezolana de Beisbol Profesional ha pendido esa espada de Damocles desde el inicio del llamado socialismo del siglo 21, en diciembre de 2002, en medio de un paro general liderado por la mayoría de los trabajadores de PDVSA ante la arremetida totalitaria que intentaba iniciar el citado régimen, la directiva de LVBP se vio obligada a suspender la continuidad del campeonato ante la ausencia de condiciones mínimas que garantizaran el buen funcionamiento de las instalaciones. Luego vinieron intentos por expropiar franquicias, como fue el caso de los Navegantes del Magallanes, la inseguridad personal empezó a incrementarse exponencialmente, lo cual provocó que muchas organizaciones del beisbol organizado prohibiesen a sus peloteros venir a la liga venezolana. También las academias de beisbol promovidas por los equipos de MLB empezaron su retirada ante unas condiciones de trabajo cada vez más difíciles. Luego vinieron los sucesos de 2017 y los pronunciamientos de los peloteros venezolanos a través de redes sociales, lo cual ocasionó una serie de amenazas de la policía secreta del régimen hacia los familiares de los peloteros, quienes optaron por sacar a sus familiares del país. Durante la serie final de la temporada 2018-19, la situación se complicó de tal manera que personeros del régimen llegaron al extremo de amenazar a directivos de una de las franquicias si retiraba a su equipo de la competencia. Entonces entendía con más nitidez aquella lejanía, aquella nostalgia disimulada, de los peloteros cubanos que venían a LVBP durante las décadas de 1960, ’70, ’80, ’90.
   Cada vez las imágenes, el ambiente, la atmósfera se parecen más a la nostalgia enclaustrada en la película documental “El hijo perdido de La Habana” donde el pitcher Luis Tiant regresa a su terruño más de 40 años después para comprobar que no queda nada de lo que él vivió, que todo es escombros, edificios abandonados y espectros fantasmales embutidos en los recuerdos de algunos amigos y familiares. O a los recuerdos de Sandy Amorós, aquel héroe anónimo de los Dodgers de Brooklyn en la Serie Mundial de 1955, quien debió soportar en carne propia la degradación de su estatus social a manos de la revolución, para luego ser rescatado hacia el final de su vida por MLB.
   Cada una de las últimas temporadas ha resultado una versión desmejorada de la anterior, quienes conocimos el nivel de juego, las condiciones de los estadios, el ambiente de bromas y camaradería entre los aficionados, sabemos que el beisbol no escapa a ese fantasma nostálgico a todos esos juegos que escuchábamos por radio, todos los que veíamos por televisión, todos los que veíamos en los estadios. Se podía salir un domingo a las siete u ocho de la mañana para un juego alrededor del mediodía, y podías comer en el estadio una buena arepa, hamburguesa o perro caliente antes o durante el juego. Al final si querías te ibas a la salida del dugout de tu equipo preferido y hablabas un rato con los peloteros, o si no, los alcanzabas en las ventanillas del autobús. Luego regresábamos al final de la tarde contentos o algo tristes dependiendo del resultado, los ganadores bromeaban con los perdedores, y luego hablábamos un rato del juego, de las jugadas decisivas, antes de despedir a cada quien en la entrada de su casa.
   Luego de los sucesos de la última serie final de LVBP, he imaginado algo que había pensado hace algún tiempo. Al menos durante las últimas diez temporadas he visualizado un juego paralelo, mezcla de cómo eran las experiencias de oir los juegos en la esquina con los amigos de la cuadra, el ambiente de emotividad y bromas sanas, los comentarios sobre las características de cada jugador, cada quien conocía detalles de las últimas temporadas en Venezuela y el exterior, las observaciones de los narradores, de pronto aquello se convertía en una conversación a distancia donde cada uno reclamaba sobre los detalles de algunos datos. Había una especie de gradiente entre aquella pasión, aquel momento especial esperado durante toda la semana (podía ser un Caracas-La Guaira, o un Magallanes-La Guaira, la mayor expectativa se generaba con los Caracas-Magallanes, desde el inicio de la temporada cada  quien revisaba el calendario y se preparaba y documentaba para esos juegos) y el tenue hilo de interés por los juegos de estos años, donde los últimos vestigios de afición se remiten a las camisetas que usan unos cuantos aficionados, quienes en unos cuantos casos puede ser que desconozcan la historia del equipo y del beisbol venezolano.
   Casi todas las noches, luego de escuchar uno de esos juegos insípidos, incompletos, desgarrados, luego de intentar conectar la esencia de aquella emoción, aquella pasión de seguir aquel beisbol, me sumerjo en una poza de más de diez metros de profundidad y escucho la solemnidad de Delio Amado León, la gramática de Carlos Tovar Bracho, la emoción de Felo Ramírez, plasmar lienzos de extrainning, de muchedumbres aupando a su equipo, de Cesar Tovar jugando con cuarenta grados de fiebre, de Luis Aparicio sacándose del juego para meter a jugar a Enzo Hernández, de Victor Davalillo desmontando la baranda del jardín central del estadio Universitario para robar un cuadrangular a Bob Darwin, de Gustavo Gil pivoteando sobre segunda base, de Melvin Mora zambulléndose en el jardín central para decapitar un extrabases a Omar Vizquel, de Luis Tiant lanzando un juego sin hits ni carreras ante su antiguo equipo Leones del Caracas, de Gene Brabender venciendo dos veces al Caracas el mismo día en enero de 1967,  de Dámaso Blanco adivinando el squeeze play de Santos Alomar en el noveno inning del juego decisivo de la Serie del Caribe de 1970.
Alfonso L. Tusa C. 19 de septiembre de 2019.©

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